Carta para suplir instrucciones

Querida, querido, colega:

Si estás leyendo este texto es porque podemos compartir el sentido de una vida dedicada a la educación. Así que, disculpa, me atrevo a proponerte compartir desazones y recuperar valores.

¿De verdad estás dispuesta, dispuesto, a que los miedos adultos, la lógica higienista de la pura salud biológica, las reivindicaciones gremiales de las seguridades personales y profesionales imposibles, el olvido de las necesidades de la infancia, etc.… definan cómo tiene que ser la escuela y en qué consiste el ejercicio de nuestra profesión?

Viene septiembre y, por fin, vuelve la escuela. Tú, volverás a hacer escuela y volverán los niños y adolescentes a vivir en la escuela, volverás a ser una persona significativa, imprescindible en sus vidas. Te ha llegado (nos ha llegado) una hora de aquellas relevantes o, cuando menos, con significado relevante. No puedes dedicarte a esperar que te lleguen las indicaciones oportunas de las autoridades pertinentes. No. Más allá de indignarte por el vacío o el caos, no tienes derecho a hacerlo.

Ahora, son nuestras voces implicadas, luchadoras, las que tienen que definir por qué tiene sentido hacer de maestro y por qué no seremos nosotros quien privaremos a los niños y adolescentes de tener ya una buena escuela. Las luchas sindicales están para que no seas tú quienes ponga todo el esfuerzo y para reivindicar juntos los recursos (siempre escasos) para ejercer la profesión. Pero, las reivindicaciones están para dignificar el oficio de educar y para obtener de la sociedad el encargo de construir una educación como servicio público, que piensa primero en la diversidad desigual de los niños y niñas. Si verdaderamente los niños y niñas son primero, si la educación es lo que importa, si somos una profesión imprescindible, te ruego que dediques los esfuerzos a imaginar, compartir y construir la escuela que ahora necesitamos.

No caeré en la trampa de criticar la administración (por una vez te deja en buena parte hacer una escuela a medida, aunque sea por abandono) y, menos todavía, no haré una lista de todo aquello que tendrías que hacer (soy de los que ya pisaré pocas aulas, a pesar de que no he perdido las ganas de imaginar lo que yo miraría de compartir y hacer). Tan solo escribo para sugerir y recordar las ideas que compartíamos y las nuevas que, creo, tendremos que descubrir para compartir, en medio del nuevo caos vital en el que los niños y niñas y nosotros estamos metidos.

Mi edad y mi historia me han llevado a escribir y hablar mucho (incluso demasiado) a lo largo de estos días de pandemia. Lo hice hasta conseguir llegar al silencio de la pequeña pausa veraniega. Así que, temeroso de haber escrito profecías inútiles y consejos caducos, he vuelto atrás y he rescatado parte de lo que compartíamos con la escuela cerrada, cuando teníamos ganas de volver a abrirla y mirábamos de preparar el retorno de septiembre. Las líneas que siguen son, en buena parte, ideas ya discutidas o pendientes de publicar y discutir, escritas cuando este extraño curso se acababa y era imposible imaginar el nuevo.

El virus todavía no ha matado el currículum

Cuando la cuarentena y los cierres ya superaban todas las previsiones iniciales escribí: “¿Qué ha pasado con la vieja escuela y en que tendríamos que estar pensando para qué pueda ser diferente? Espero que el virus mate la pasión por el currículum”. No esperaba que fuera así, pero, después de lo que hemos vivido, salvo que se quiera negar la realidad, ni el máximo defensor del currículum planificado y cerrado puede negar ya que la vida es la principal proveedora de argumentos para descubrir y aprender. Tenemos que reconocer que los recuerdos de lo que significativamente han vivido tendrán que convertirse en dinamismo de aprendizaje.

En julio, todavía escribí para un monográfico de la revista “Aula de secundaria” un deseo sobre la vuelta que copio y que, ojalá, sea mayoritariamente real:

“Muy probablemente, cuando en los primeros días de septiembre se reúnan los equipos educativos de las escuelas, buena parte del tiempo y de los esfuerzos se dedicarán a discutir la organización y las medidas de profilaxis. Los equipos sensibles y activos pasarán pronto a concretar cómo educar enseñando, de manera positiva, con nuevas y viejas didácticas, en una institución que la pandemia acabó de poner patas arriba en la primavera. Con un poco de suerte, buena parte de los equipos reflexionará, imaginará y planificará pensando en su alumnado. Pondrán en marcha una escuela parcialmente nueva, que ha interiorizado nuevas miradas sobre el universo infantil y adolescente, después de haberlos tenido lejos físicamente pero muy cerca en la dimensión virtual en la que mutó buena parte de la escuela y de sus profesionales”.

La eterna nueva escuela que nunca acaba de nacer

Teníamos y tenemos escuelas que viven del currículum y el programa. Teníamos y tenemos escuelas que trataban de hacer posible educar mediante el aprendizaje a partir de viejas y nuevas propuestas de educación activa, implicada, diversificada, personalizada. Estábamos en medio de las reflexiones y las prácticas para adecuar la escuela a un mundo complejo y cambiante…y ahora en un mundo todavía más inestable y complejo. Renovar e innovar siempre fue, continúa siendo, no buscar ni aceptar respuestas de manual y protocolo. La peor manera de empezar el curso es pretender encajar la vieja escuela en moldes impuestos.

No podemos seguir la secuencia de la imposición: la Consejería correspondiente dice cómo lo tenemos que hacer, en la escuela lo aplicamos y los alumnos comprueban…que la vida es dura. Ni puedes dejar de ser una persona creativa, ni puedes dejar de construir la escuela en equipo, ni puedes olvidar que el alumnado tiene razones, argumentos y experiencias.

Pensar en el tamaño limitado de un grupo no es aplicar una medida de prevención, es pensar en cómo agrupamos y tener claro para qué lo hacemos. Priorizar espacios y actividades, horarios y tiempos supone considerar nuestros argumentos y los suyos. La integración de materias, la investigación, el aprendizaje compartido, etc., etc… ¡Las eternas razones educativas para cambiar se han convertido en realidades inevitables!

¡Mi escuela ahora es diferente!

Después de seis meses sin escuela los niños y adolescentes no pueden aterrizar en el caos. Tienen que poder vivir la experiencia de la vuelta a una escuela diferente. Una escuela que, en grados muy diversos, ya no es la misma, que intenta organizarse de otra manera. Su primer desconcierto, por ejemplo, tendría que ser encontrarse con una escuela que los escucha más.

La idea por compartir con ellos y ellas, de maneras muy diversas, tendría que ser esta: “estos meses nos han hecho descubrir a todos que necesitamos hacer una escuela en parte diferente, que algunas cosas que hacíamos poco merece la pena hacerlas más, y que otras tienen que hacerse de otro modo”. Te toca vender novedad de diseño, de organización, de predominio de unas u otras didácticas.

Si en lugar de mirar la escuela desde nuestros miedos adultos (prolongación a menudo de preocupaciones familiares y sociales fuera de lugar) nos paramos a descubrir cómo ven el mundo los niños y adolescentes (también como viven la salud y las medidas de prevención que se toman) quizás imaginaríamos formas más razonables de hacer escuela y de convivir con la construcción de la salud colectiva. Aparca tu miedo vital en la puerta de la escuela.

Del diario de campo a las presencias significativas

Sé que eres un buen tutor o tutora y sé que cogiste la lista de clase y, a la segunda semana del cierre, ya habías contactado con todos y cada uno de los alumnos de los que tenías preocupación cuando lo veías cada día. Sabes que les ha quedado la experiencia de saber que su maestra, su profe, se interesa por su vida y que pueden confiar en alguien más que en sus padres.

A ti, te ha quedado la experiencia de descubrir que, a veces, sabemos muy poco del alumnado. Ahora, tienes la urgencia de conseguir que en el curso que empieza haya tiempo para observar, preguntar, anotar, encontrar sentidos. Este curso será el de la universalización de los “cuaderno de campo” en los que todo el mundo irá anotando el día a día del aula y las vivencias significativas de las vidas infantiles y adolescentes que acompañas.

La crisis vírica ha puesto de relieve que la ascendencia no necesariamente tiene que ser presencial. Ser un referente para que valoren que vale la pena aprender y saber tiene muchas dimensiones y no todas se dan en clase o en los pasillos (a pesar de que todas empiezan en clase y en los pasillos). Estos días, los buenos profesionales han construido relaciones “inalámbricas”, reconstruyendo las que en el día a día de la relación escolar tenían. Han demostrado a cada alumno, de múltiples maneras, que les interesaba su persona, su vida y que una parte significativa de ella pasa por aprender, descubrir cómo aprender, sentirse bien descubriendo cada día una parte de la realidad.

La pandemia ha servido para valorar esta dimensión de la tarea educativa, para obligarnos a pensar cómo mantenerla, por no volver a pensar que es una simple cuestión de “la hora de tutoría”. Ahora toca aumentar la capacidad colectiva de poner el oído a todo, de mejorar las miradas, de observar de manera significativa. Y esto querrá decir volver a la disponibilidad flexible para facilitar la relación, en los momentos no previstos, como ya practicabas antes de la actual crisis.

Liberaciones familiares

No nos engañamos. Han acabado “hartos” de padres y -aunque todo haya ido bien- vienen en la escuela para liberarse de la familia, para relacionarse con otros adultos que los miran de una manera diferente, profesionales que, con miradas rejuvenecidas y no angustiadas, pueden dedicarse a entenderlos. Buena parte de la propuesta escolar tiene que poder ser vivida como un universo positivo diferente del familiar y no como una imposición similar de otros adultos que continúan el control familiar.

Supongo que no te dejas engañar por los argumentos conservadores que estos días reclaman el derecho de algunas familias a organizarse su escolarización sin ir a la escuela. ¡También abrimos la escuela para liberar niños de sus familias! Incluso la familia más implicada siempre acaba siendo un mundo cerrado y sus hijos e hijas necesitan ventanas liberadoras. Además, algunas de las carencias que existen en muchas vidas solo el hecho de convivir en la escuela las puede compensar.

Supongo que aceptas que una parte de tu profesión consiste en convertirte en un constructor de oportunidades en las vidas de niños y adolescentes. No puedes convertirte en reforzador de privaciones. Sabemos que una crisis no puede agudizar desigualdades con nuevas privaciones de oportunidades. Harás escuela porque tú te sin obligado a hacer posible infancias.

Sí. También. Digan lo que digan algunos compañeros, cuando pensamos en nuevos formatos, nuevos horarios, nuevas flexibilidades, nuevas formas de relación con otros recursos y profesionales que se ocupan de la infancia, estamos poniendo el énfasis en la compensación de las “impotencias” familiares y los vacíos educativos de los entornos educativamente empobrecidos, ahora todavía más empobrecidos.

Las paredes de la escuela y las dimensiones virtuales

Creo que es un buen momento para recordar y practicar que la escuela no son las cuatro paredes de la escuela (especialmente ahora que no podemos estar todos dentro). La necesidad nos puede permitir consolidar y regularizar (entre los profesionales y entre las familias) la escuela que se hace fuera de la escuela. ¿No podríamos poner como obligatorio que todos los profesionales de la escuela tienen que hacer “clase” también en lugares que no son una clase?

Estamos obligados a pensar en la escuela de barrio (de pueblo), de comunidad acotada que puede conocer las influencias de grupo, también las relacionadas con la salud. La primera variable que ha puesto en crisis la pandemia ha sido la de la movilidad. ¿Dónde queda ahora aquello de escoger escuela donde los padres quieren, sin considerar la proximidad? Siempre fue importando la escuela próxima. Ahora pasa a ser imprescindible.

Para acabar (ahora que todo el problema parece ser el poder disponer de ordenadores portátiles), déjame hacer un apunte digital, que tampoco es nuevo. No hay que engañarse. Una clase insoportable es igual de insoportable en una pantalla y las pantallas no tendrían que servir para continuar haciendo lo mismo que hacemos en la realidad presencial. No necesitamos escuela a distancia. Necesitamos una escuela que reconozca el universo digital, virtual y en red en el que vive su alumnado, una escuela que reflexione sobre qué quiere decir enseñar y educar en este universo.

Pensar la educación personalizada es pensar las formas como cada niño y adolescente se apropia de este mundo y cómo lo pone en relación con aquello que queremos que aprenda. Repartir ordenadores no basta. En el espacio de la escuela enseñamos a aprender en el universo digital y todo aquello que (como hemos comprobado estos días) descubren en el universo digital pasa a convertir-s en aprendizaje del aula.

Va de niños

Acabaré recordando que la infancia, en todo el mundo, continúa siendo víctima de sus adultos. Enferma y muere por condiciones de vida y enfermedades que la sociedad adulta podría evitar. En nuestro mundo más próximo, representa un grupo social pequeño (con la “producción” autóctona de niños no llegamos ni a sustituir a las personas muertas) que con mucha facilidad acaba siendo sometido a la hiperprotección y el abandono. Todas las crisis abandonan en primer lugar la infancia. La crisis en la que vivimos, también.

Tú, yo, queremos abrir la escuela y hacer una escuela diferente porque para nosotros los niños y adolescentes son primero. Compañera, compañero, no podemos ser excusa ni argumento para vulnerar derechos de los niños negándonos a imaginar y construir las oportunidades educativas que solo la escuela puede proporcionar.

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