Conclusiones de la 56a Escuela de Verano Rosa Sensat: Reconocer la esencia de la escuela. Hacer de maestros desde los porqués

RECONOCER LA ESENCIA DE LA ESCUELA

Hacer de maestros desde los porqués

Hemos vivido un curso 2020-2021 inmersos de lleno en una emergencia social como jamás habíamos vivido antes. La Covid-19 ha desencadenado, o ha hecho más evidentes, otras crisis además de la sanitaria: la crisis económica, la crisis social y la crisis educativa. El sistema sanitario combate el virus en los centros de salud, pero la escuela también tiene un papel decisivo para suavizar esta crisis. Nunca nos habíamos encontrado en una situación de pandemia mundial como la actual. Nunca nos habíamos sentido tan frágiles como sociedad, y justamente porque vivimos momentos de emergencia hemos trabajado para mantener la escuela en pleno funcionamiento, con responsabilidad y valentía, como un servicio público esencial.

Durante los últimos años, hemos puesto el foco en los cambios en educación. Ahora desde la escuela, y como sociedad, valoramos qué es lo esencial que define la escuela y qué es lo que la hace indispensable e insustituible.

A lo largo de estos días, con debates, conferencias y formaciones, y con la participación de muchas personas, hemos querido definir la esencia de la escuela alrededor de cuatro ejes: 

  • Educación democrática
  • Maestras emancipadas, la comunicación en la escuela
  • Cultura científica y humanística
  • Reconocer las identidades a través de la cultura y las artes

 

LA ESENCIA DE LA ESCUELA

La esencia de la escuela queda definida en sus actos democráticos

La escuela es una de las instituciones democráticas más importantes que tenemos, y tenemos que hacerla entre todos: el equipo de maestros y otros profesionales que trabajan en el centro, los niños y jóvenes, las familias y la comunidad educativa, además de las organizaciones que se relacionan con ella. Hacer presente la democracia en la escuela no es dar una asignatura de educación cívica, u organizar algún acto puntual, sino que se trata de crear las condiciones óptimas para que se vivan de forma continuada experiencias democráticas reales. Uno de los rasgos esenciales de la escuela democrática son los actos democráticos que la definen, a través de la generación de espacios en los que todas las opiniones son respetadas y en los que todos los miembros de la comunidad educativa tienen su lugar y hacen oír su voz, con libertad e igualdad. La forma como se gestionan los conflictos es esencial para definir actos democráticos que nos ayuden a aprender a pasar del «yo contra tú» al «yo y tú contra nuestro problema». La escuela pública por definición es democrática: la diversidad está garantizada, y supone un espacio de confrontación política de valores y formas de vivir necesario para crecer en la convivencia y ver representadas todas las voces. 

Tenemos que romper el paradigma de la escuela eficaz basado solamente en las notas numéricas, en el que el éxito individual está por encima de otros valores como la solidaridad o la cooperación entre compañeros. El proyecto educativo democrático tiene que basarse en una escuela solidaria y equitativa, donde prime la cooperación mutua y el diálogo, para hacer posible la transformación de una sociedad global y democrática. 

 

Es esencial educarnos para pensar en libertad y con criterio propio

Otro de los rasgos esenciales de la escuela es hacer crecer personas emancipadas que piensen con libertad, con autonomía y con criterio propio. Por esto es necesario crear espacios dentro de la escuela para hacerlo posible y generar confianza, también con perspectiva crítica y autocrítica. Si el objetivo es educar a personas emancipadas que piensen por ellas mismas, es necesaria una conciencia previa de los maestros para ayudar a construirla a niños y jóvenes. 

La emancipación implica liberarse individual y colectivamente: no se entiende la una sin la otra. Ser maestras emancipadas implica también ser reconocidas como profesionales esenciales, y ello nos obliga a trabajar en equipo y a comunicarnos entre nosotros, con la comunidad educativa y con la sociedad. Los proyectos, los éxitos y los objetivos logrados tienen que saberse explicar, compartiendo significados, pero también rindiendo cuentas.

Comunicar implica buscar estrategias para que todo el mundo se sienta incluido, sintiéndose protagonista, participando, superando barreras físicas, de idioma, de costumbres y de clase social. La esencia de la comunicación radica en el hecho de que se educa tanto con lo que se hace como con lo que se dice. En la escuela se establece una red de relaciones comunicativas invisibles pero existentes, en la que todos somos transmisores y receptores. El profesorado no solo transmite conocimientos, sino que también transmite valores y formas de estar en el mundo y de relacionarse. Se establecen muchos intercambios afectivos, intelectuales, negociaciones, conflictos de poder. Desde el punto de vista ético es esencial reconocer al alumno: «Te conozco y te reconozco.» Y ello supone presencialidad, contacto físico, para facilitar el debate, la reflexión y el análisis.

En la escuela todo habla: los espacios, la disposición de las mesas, los horarios, los patios, la normativa. Además, tanto los adultos como los niños y jóvenes hablamos con el cuerpo: con los gestos, con la postura corporal, con la mirada atenta, con el desafío, y tenemos que saber leer también este lenguaje.

 

Es esencial conectar los aprendizajes científicos y humanísticos

Es esencial ser conscientes de la unidad de los saberes, conectando los aprendizajes humanísticos y los científicos, para romper la actual compartimentación de los saberes, y la inercia de pensar que los aprendizajes humanísticos son teóricos y los científicos son prácticos. Hay también la necesidad de trasladar los aprendizajes de la teoría a la práctica, y de hacerlo de forma interdisciplinaria. 

Las artes y las ciencias, de forma integrada, hacen posible un aprendizaje transformador y colectivo. Esta integración debe ser mucho más que una actividad con criterios únicamente estéticos. Las artes y la cultura son ámbitos competenciales y globalizadores que pueden servir de ejes centrales del despliegue curricular, y que permiten integrar otras competencias y contenidos. La dimensión artística nos brinda la posibilidad de hacer, de forma consciente y reflexiva, una escuela más inclusiva y competencial. La cultura en la escuela puede tener, en sus extremos, una visión de élite o una visión de inclusión, que se corresponde con cómo entendemos la educación: elitista o inclusiva.

 

La cultura y las artes son parte esencial de la escuela para reconocer las identidades y favorecer una educación más holística y humanista

Es esencial que los maestros sean personas cultas, sensibles, inquietas, conscientes y empoderadas para estar atentos a lo que pasa, y valorar cómo pasa y por qué pasa. Los equipos de maestros tienen a su alcance la construcción de escenarios para vivir juntos y aprender juntos a vivir. La dimensión artístico-cultural tiene que ser compartida y llevada a la práctica por todo el equipo, y no solo por el especialista, que puede ser un referente, pero nunca el responsable único de una disciplina en la escuela. 

La propia cultura de centro construida en equipo debe contribuir a mejorar el prestigio social de las artes y la cultura, que no pueden quedar reducidas a las prácticas y los procesos plásticos, donde la parte estética sea la finalidad. Hay que impulsar un cambio hacia prácticas más reflexivas.

El arte nos interpela, nos hace vibrar y nos hace ser más humanos. Nos da la posibilidad de reconocer al otro, de leer el mundo desde diferentes puntos de vista y de ir construyendo el propio relato de quién soy y qué hago en este mundo para contribuir a hacerlo mejor.

 

RETOS E IMAGINARIOS DE FUTUROS MEJORES

Después del debate, hemos querido plantearnos los retos y los imaginarios de un futuro, de una educación y de un país mejores. Son los siguientes:

  • La diversidad de opiniones y de realidades son esenciales para construir una escuela democrática en la que el conflicto tiene que ser el origen del encuentro, para que se preserve esta diversidad junto con la equidad. 
  • La realización de actos democráticos en la escuela debe hacer posible la representación y la participación de todo el mundo, de todas las familias, pero especialmente de esas familias, niños y jóvenes que hoy no están representados.
  • La participación auténtica debe pasar por la toma de decisiones por parte de niños y jóvenes. Es necesario más protagonismo de los alumnos en el ejercicio democrático y participativo en los centros educativos. 
  • Tenemos que darnos tiempos y espacios para ser niños, adolescentes y adultos, en interacción, y atender los aspectos emocionales, de cuidado y de acogida. 
  • Hemos comprobado que en la virtualidad la comunicación pasa a ser más fría e impersonal. Para construir la sociedad que imaginamos, las emociones y los vínculos que se establecen entre maestros y niños tienen más sentido en los actos presenciales. 
  • La tarea de los maestros debe ser abierta, multiplicadora y transdisciplinaria, con capacidad de sorprender a los alumnos todos los días y en todos los momentos. Tiene que ser un modelo que acompañe para pensar e imaginar mundos posibles, comprometido y que toma decisiones.
  • La escuela debe comprometerse con las artes y la cultura, con maestros que tienen un relato de oficio y de vida consciente, con un legado cultural amplio en el que las pericias de cada cual suman en el proyecto pero no son la excusa para rehuir responsabilidades. 
  • Las escuelas también son espacios de encuentro en que la cultura y el arte son condiciones y realidades de prestigio, a veces procesos y a veces finalidades, para abordar temas controvertidos que favorezcan la formación de personas libres y que sepan pensar. 
  • Debemos interpretar el currículo con ojos inquietos y despiertos, favoreciendo la creación de tiempos y espacios en que los vínculos y las relaciones son esenciales y la cultura es el objeto compartido, para hacer una escuela «imaginativa» donde la burocracia no interrumpa los procesos creativos y educativos, ni sea una excusa para su ausencia.
  • «Menos es más» también en educación, y sería necesario llegar a una «forma de educar» que reconozca y consensúe los aprendizajes más básicos y «esenciales». Nos imaginamos unos currículos al servicio de la educación integral y global de la persona, y en manos de unos maestros que toman las decisiones más adecuadas en cada momento y para cada niño.
  • Hay que generar más interacciones entre universidades e investigadores, administraciones y escuela, para que maestros y profesorado participen en investigaciones que fomenten una actitud indagadora, reflexiva y crítica, esencial para la escuela transformadora.
  • Es imprescindible aumentar la apertura y la conexión de escuelas y maestros en el entorno cercano y el mundo. El marco normativo ha de permitir romper las paredes, las barreras y las fronteras, confiando en maestros, profesores y comunidad educativa.
  • La comunicación debe basarse en nuevas estrategias, conversaciones y debates que nos capaciten para entendernos, para superar barreras idiomáticas, culturales y de costumbres, diferencias socioeconómicas, étnicas, de género, y otras. Y la escuela pública es el escenario en el que hacerlo posible.
  • La responsabilidad profesional de los maestros tiene que garantizar un discurso y unos conocimientos compartidos, que permitan pasar de ser maestros aplicadores de normativas a maestros con criterio propio para construir un proyecto común. La formación inicial y la permanente siguen siendo esenciales.

Tenemos, en definitiva, oportunidades de construir un espacio inclusivo y plural, con igualdad y democracia, para construir un modelo de sociedad que nos imaginamos más justo y equitativo. Aprovechemos las oportunidades y hagamos posibles una escuela y una educación que pongan siempre lo esencial por delante, el bien público y el bien común por delante del interés individual.

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