¿Que maestros necesitamos? Unas palabras acerca de la formación de maestras y maestros en el escenario de perplejidades de las primeras décadas del siglo XXI

La cuestión de la formación del profesorado, es relevante para quien piensa que la educación tiene como premisas tanto la idea del derecho inalienable de todas y todos a un recorrido formativo significativo para vivir con dignidad, como la perspectiva del papel irrenunciable del estado en este proceso.

Abordaremos aspectos del contexto que nos rodea para pensar el sentido de la formación de docentes y sus desafíos políticos y pedagógicos, teniendo como horizonte la construcción de sociedades democráticas.

 ¿Qué preguntas, pues, para nuestras maestras y nuestros maestros?

¿En qué mundo estamos viviendo y en qué mundo queremos vivir?      ¿Qué horizontes dibujamos como perspectiva para el mundo en el que deseamos vivir? ¿Qué concepción de ser humano, de trabajo, de relaciones interpersonales construimos? ¿Qué utopías se dibujan en nuestro horizonte? ¿Tenemos el coraje de proyectar utopías que dialoguen con un mundo más feliz y más equilibrado?

Un mundo perturbado
Vivimos un momento histórico de erupciones y erosiones en todos los temas relativos a nuestro destino común como humanidad.

Nuestra casa común, el planeta Tierra, sufre perturbaciones y desequilibrios a causa de la explotación, orientada al lucro y a una acumulación desmesurada de sus recursos minerales, hídricos y vegetales. Las descompensaciones del clima y la contaminación son tan graves que ponen en peligro, en distintos lugares del planeta, la continuidad y el mantenimiento de la vida.

En esta perspectiva, la organización de un sistema económico basado en un modelo de explotación del planeta y en la subyugación de las economías locales a los intereses de oligopolios internacionales y la acumulación de riqueza, ha generado un ciclo interminable de desequilibrios ambientales y sociales que afectan a la salud global del planeta.

Las desigualdades entre países y entre grupos sociales nunca fueron tan profundas y revelan un tipo de modelo socioeconómico que genera riqueza para unos pocos y miseria para la mayoría.

A ello se suman conflictos étnicos, raciales y religiosos cada vez más complejos que desencadenan guerras internas, masacres genocidas, migraciones obligadas que aumentan el hambre, la sed, la violencia y las enfermedades y el malestar de los pueblos.
En el contexto político de las ciudades y los países, hay signos claros del fracaso del modelo democrático practicado desde el principio de la republicanización del mundo occidental. Las democracias representativas están cada vez más distanciadas de los anhelos de vida colectiva y de su principal objetivo, que es el de generar bienestar para toda la colectividad.

“Las desigualdades entre países y entre grupos sociales nunca fueron tan profundas y revelan un tipo de modelo socioeconómico que genera riqueza para unos pocos y miseria para la mayoría.”

Un mundo convulsionado por el miedo a los diferentes, a las violencias, a la finitud de los recursos, a las policías y a los comportamientos fascistas que difunden odios religiosos, étnicos, raciales, culturales, generacionales, de género y exclusiones físicas y simbólicas de todo y de todos los que no encajan en una manera de entender el mundo con unos esquemas controlados, estrechos y autoritarios.

El boom provocado por un desarrollo tecnológico acentuado ha generado unas posibilidades mayores y más potentes de comunicación entre las personas, los grupos y los países, pero las oleadas de noticias falsas que difunden los medios virtuales han extremado las posturas, han vaciado la esfera pública y han creado confusiones deliberadas que sabotean la posibilidad de una buena vida.

Los marcos de convivencia y de posibilidad de paz, representados por documentos de sello colectivo como la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), los pactos por el clima, los tratados para la protección de los derechos humanos y las constituciones democráticas, han sido atropellados por intereses politicoeconómicos que menosprecian la diversidad de los pueblos y de los territorios y el derecho de todos a la dignidad y a la autodeterminación.

¿Qué preguntas, pues, para nuestras maestras y nuestros maestros?
¿En qué mundo estamos viviendo y en qué mundo queremos vivir? ¿Qué horizontes dibujamos como perspectiva para el mundo en el que deseamos vivir? ¿Qué concepción de ser humano, de trabajo, de relaciones interpersonales construimos? ¿Qué utopías se dibujan en nuestro horizonte? ¿Tenemos el coraje de proyectar utopías que dialoguen con un mundo más feliz y más equilibrado?

Si no nos hacemos estas preguntas, somos fagocitados por una cotidianidad en la que las exigencias de consumo, de todo tipo de productos y de informaciones inconexas, empañan la visión y pasan a naturalizar y relativizar los problemas estructurales que nos rodean y que determinan el modus operandi de la contemporaneidad.

Si comprendemos el papel de las maestras y los maestros en el desencadenamiento de estas y de otras preguntas que interpelen la cotidianidad y estimulen proyectos solidarios de vida y de sociedad en el horizonte simbólico de millones de niños y niñas, una primera tarea que se impone en los procesos de su formación, es la de ampliar la visión del mundo como resultado de abordajes plurales que desarrollen sensibilidades hacia las cuestiones humanas, sociales y medioambientales.

Reducir la labor educativa de la escuela al desarrollo de competencias para la realización de exámenes de contenidos alejados del mundo, de la vida, ha tenido efectos perjudiciales para la formación de las maestras y los maestros. Del mismo modo, ha impregnado los proyectos educativos y ha dilacerado su responsabilidad respecto a la construcción de una ciudadanía activa, importante amalgama de las democracias.

Este estrechamiento se vincula a las exigencias de preparación para el mercado y no para las experiencias ciudadanas, limitando, poco a poco, la tarea educativa de las nuevas generaciones a los intereses económicos que jerarquizan a los países en una lógica planetaria de nuevos colonialismos.

De arriba abajo, la jerarquía de los mejores a los peores, una selección de los pocos incluidos y de los muchos que seguirán excluidos, tanto en la esfera de los países como en el ámbito de las trayectorias de los individuos.

Ante este panorama se impone que la tarea de educar sea desafiada por preguntas fundamentales: ¿para qué mundo estamos educando a nuestros niños y jóvenes? ¿Qué tipo de personas vislumbramos que sean? ¿Cómo pensar los contenidos curriculares, sin renunciar a su profundidad y transversalidad, pero vinculándolos a cuestiones éticas que nos interconectan y nos definen como humanidad? ¿Cómo posibilitar una lectura del mundo que contextualice y fertilice la lectura de la palabra, como lo planteaba Paulo Freire?

“La jerarquía de los mejores a los peores, una selección de los pocos incluidos y de los muchos que seguirán excluidos”

El reto de pensar esta formación
La naturaleza breve de esta reflexión no permite hacer un recorrido histórico para recuperar la importante aportación de varias escuelas pedagógicas que han contribuido a pensar una escuela que educara con, a través y para la vida.

Cabe decir que, cada uno con las especificidades que los diferencian, de Jean Piaget a Paulo Freire, de José Marti a Francesc Ferrer i Guardia, de Maria Montessori a Anísio Teixeira, de Celestin Freinet a Marta Mata, para citar algunos nombres, la centralidad de los sujetos y sus contextos ha dado lugar a un giro epistemológico importante en la manera de pensar los procesos educativos, con implicaciones importantes para la formación de maestras y maestros.

Con algunas excepciones honrosas, los currículos de los cursos académicos de formación de profesorado se caracterizan por el olvido de estas aportaciones y por los vacíos referentes a la concreción de los sujetos-educandos y de sus territorios, con sus voces, demandas, sueños y saberes.

En Brasil ni siquiera hemos llegado a la Pedagogía Moderna, a pesar de los esfuerzos realizados en los períodos de libertad y de afirmación identitaria de los intervalos democráticos en los siglos XX y XXI. De hecho, se puede afirmar que el rechazo de las pedagogías libertarias y democráticas caracterizó las rupturas autoritarias que nos adentran en los tiempos contemporáneos por debajo de la línea del Ecuador.

“¿Cómo pensar los contenidos curriculares, sin renunciar a su profundidad y transversalidad, pero vinculándolos a cuestiones éticas que nos interconectan y nos definen como humanidad?”

En la contemporaneidad brasileña, la persecución de la obra y el pensamiento de Paulo Freire ha sido recurrente.
Recuperar esos legados y las sensibilidades que provocan constituye un camino importante para unas pedagogías que colaboren en la tarea urgente de humanizar el mundo.

Construir, partiendo de esta base, miradas sensibles que aproximen las distintas áreas de conocimiento a los contextos vividos por nuestras niñas y niños, considerando la pluralidad de infancias y juventudes, dibujadas en los distintos territorios, constituye el desafío político y pedagógico de esta formación.

En este camino, garantizando la voz de los maestros y las maestras, podemos construir nuevos diseños curriculares y pedagógicos que pongan en diálogo el saber docente, el saber de las niñas y los niños y los saberes de un mundo que requiere ser comprendido y reinventado.

Si “el niño es el padre del hombre”, en palabras del poeta inglés William Wordsworth (1770-1850), la fuerza de las experiencias vividas en lo cotidiano de nuestras escuelas es determinante para avanzar hacia un mundo en el que quepamos todas y todos, con la dignidad que confiere la humanidad a sus niveles más altos.
Y, en esta perspectiva, la escuela pública sigue siendo un locus privilegiado para que el origen y el apellido no determinen trayectorias y destinos y las oportunidades educativas dibujen posibilidades de rehacer el mundo permanentemente hacia la afirmación de las libertades, del bienestar y de las utopías. Y las maestras y los maestros son los principales artífices de esta labor.

Así, rediseñar los procesos de su formación, conectados con los progresos del mundo en la contemporaneidad y con los desafíos que plantean, en cuanto sociedades humanas, constituye una clave para seguir reivindicando el derecho inalienable de todas y todos a la educación y el papel irrenunciable del estado en este proceso.

 

 

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