Educar de 0 a 6 años. Educación y ciudadanía

Existe una visión global de la educación en la que la dimensión ciudadana, la dimensión social, adquiere cada vez más fuerza. No se trata tan solo de la realidad diversa y plural de la sociedad, sino de que la ciudadanía es la esencia misma de la educación. Educación y ciudadanía son conceptos complementarios, necesarios el uno para el otro. La ciudadanía no se desarrolla sin la intervención educativa, y el proceso educativo, sin la perspectiva ciudadana, se restringe y se limita. No se puede crear ciudadanía sin educación, ni educación sin dimensión ciudadana.

La participación social en la educación es un terreno por construir. Cuando se habla de comunidad educativa, el concepto no se ha de limitar a los protagonistas principales –ni­ños y niñas, maestros y familias–. La comunidad educativa es el marco social, cultural, económico y también político en el que se desarrolla la educación de forma global.

El artículo que he escrito son ideas, conceptos globales que no se ciñen exclusivamente a la educación infantil, sino a la educación en general. No obstante, hay una serie de apuntes sobre la institución escolar infantil que reflejan que esta primera etapa educativa es el mejor laboratorio para construir ciudadanía y democracia. La participación ciudadana en la educación es una construcción conjunta de un proyecto común, un camino en el que participan muchos y diversos agentes.

La escuela no es un elemento aislado de la sociedad: es un pilar activo que vela por el cumplimiento efectivo del derecho educativo de los niños y las niñas, y debe ser un catalizador que actúe como dinamizador social, cultural y educativo.

La ciudadanía es un derecho que se adquiere por razón de nacimiento, de matrimonio, de arraigo: es un aspecto legal y jurídico, pero no es suficiente. Existe una ciudadanía adquirida, aprendida, aquella que proviene de la participación, de la pertenencia a una comunidad por pequeña que esta sea.

La escuela es una comunidad a la que pertenecen un grupo determinado de niños, de familias, de profesionales que actúan y trabajan en ella y por ella. Es un motor de participación ciudadana y social que crea un modelo de ciudadanía.

Existen varios niveles de participación en el ámbito escolar: en la escuela, la participación de las familias es un elemento más del proceso educativo. Considerar a las familias como meros espectadores es reducir la participación y la pertenencia a una mínima expresión.

Hay participación reglada y no reglada. En ambos casos, se requiere un clima de confianza mutua, de respeto en la diversidad, de acogida y de escucha activa. Sin estos requisitos no puede existir la participación. Maestros y familias comparten a niños y niñas: ellos son los protagonistas de la acción educativa. Los adultos –familias y maestros– comparten contextos de crianza y desarrollo.

La participación en los centros educativos es un asunto de máxima importancia, que no siempre ha sido abordado desde perspectivas serias y rigurosas, y que además se presta a controversia, ya que se activan percepciones, creencias, estereotipos y mitos que van mutando en función del momento social.

Familias, escuela, comunidad, se miran con aprensión, con desconfianza, recelan. A veces se utilizan mutuamente. Y la comunidad social aparece como figura simbólica sin introducirse como agente creador de un proyecto educativo.

Cuando la participación de las familias se limita a un plano puramente simbólico, se tiende a sesgar el tema participativo y a realizar clasificaciones de las familias según un único criterio: las que apoyan son buenas, las que no apoyan no lo son tanto. Este marco inicial de desconfianza, ¿puede traducirse en un marco positivo de relación? Y ¿cómo ha de vivirse ese paso transformador en los centros educativos?

La participación no es un elemento único, indivisible, uniforme, que sirve a todos por igual. La participación tiene matices. No se trata de hacer grandes proyectos o cantidad de los mismos, sino de convergencia de intereses. Puede ser una charla, una proyección, un debate, un taller, un proyecto que los niños y las niñas pueden comenzar en la escuela y continuar en familia.

Hay muchos espacios para la participación, tanto formales como informales. La diversidad siempre es un valor y no un problema, pero hay que trabajar desde esta perspectiva sin prejuicios ni estereotipos.

Las relaciones ponen a prueba y desvelan juegos de poder. Trabajar juntos desde la igualdad y el respeto constituye un auténtico desafío.

Al mismo tiempo, las relaciones se revelan como medios de comunicación. Si las relaciones son jerárquicas, de autoridad y con múltiples referencias a elementos legitimadores, las relaciones se bloquean.

Cuando la participación de las familias
se limita a un plano puramente
simbólico, se tiende a sesgar el tema participativo y a realizar clasificaciones
de las familias según un único criterio:
las que apoyan son buenas,
las que no apoyan no lo son tanto.

Los cauces formales de participación escolar han de revitalizarse –ampa, Consejo Escolar–, porque por sí solos no crean participación ni sentido de pertenencia. Pertenecer a una comunidad, por pequeña que sea, siempre es un elemento aglutinador. Es imposible vivir aislados, porque vivimos juntos, a veces de forma paralela, a veces divergente, a veces convergente. Pertenecer a una comunidad educativa significa
crear hilos propios, miradas propias, formas de hacer propias.

La educación infantil, por sus propias características, es una etapa con mucha participación de las familias. Existe un estrecho vínculo entre educadoras y maestras, y madres y padres de los más pequeños. Por su inmediatez, por su calidez, por su potencia, la comunicación entre los adultos que cuidan y educan a un bebé es un vínculo que fortalece la participación en la vida de la escuela. Ser de tal o tal clase, con sus nombres peculiares, con sus iconos y símbolos, con su disposición temporal y espacial, con su ambientación, son elementos que construyen comunidad.

Se valora y se aprecia lo que se conoce, y la escuela infantil es un elemento de valoración altamente apreciado entre la comunidad cercana y la menos próxima.

La participación social

No existen respuestas únicas a la participación social. Existe un concepto de «suministro de servicios» ampliamente aceptado por la comunidad educativa, en el que se engloban las ayudas que reciben los centros escolares en forma de actividades extraescolares o complementarias, aunque también existe un muro invisible que se percibe desde el exterior de los centros cuando se quiere entrar en el territorio escolar propiamente dicho. Entre ambas concepciones, hay todo un espacio que debemos construir.

 

 

La institución infantil debe ser
educativa y visible. Esta visibilidad
se la aportará la calidad
y la calidez de la participación
democrática de todos sus agentes.

 

 

 

Todos estos inconvenientes no significan que se renuncie a la construcción del espacio conjunto, en el que no se fragmentan los temas y donde haya una mirada más global, holística, sobre un territorio en el que conviven vecinos, comerciantes, centros educativos, familias, centros de salud, servicios sociales, asociaciones de todo tipo.

La institución infantil debe ser educativa y visible. Esta visibilidad se la aportará la calidad y la calidez de la participación democrática de todos sus agentes.

La institución infantil ha de estar presente en las decisiones de los ayuntamientos, de los barrios, de las asociaciones de vecinos, de las organizaciones culturales, del patrimonio histórico y medioambiental. Un proyecto educativo de calidad debe tener presente esta vertiente social tan necesaria.

La institución infantil debe tener una presencia activa en la vida comunitaria. Se trata de que todo lo que tenga como referencia la educación infantil de 0 a 6 años cuente con la presencia del proyecto de la escuela infantil. Que se cuente siempre con la opinión de la escuela infantil como un elemento aglutinador de todos los puntos de vista.

Se trata de hacer valer el punto de vista de los niños y las niñas, sobre los que se habla mucho y se hace muy poco.

En la institución infantil deben entrar los puntos de vista de muchos colectivos, como las mujeres –maternidad responsable–, los profesionales de la salud –atención pediátrica prenatal y postnatal, puericultura de los bebés–, los del ocio y el tiempo libre –ludotecas, bibliotecas–, los que trabajan por el enriquecimiento cultural y ambiental –huertos, espacios verdes–, que enriquezcan la vida de la escuela. Pero, al mismo tiempo, los puntos de vista educativos han de impregnar la vida social, cultural y comunitaria de los pueblos y ciudades.

Las estrategias comunes de participación en foros ciudadanos son muy interesantes para dar a conocer la cultura de infancia.

Este punto todavía es más importante en el caso de niños con necesidades específicas, donde la colaboración entre equipos de diagnóstico, logopedas y profesionales de apoyo debe ser muy estrecha para evitar la brecha evolutiva que se puede producir entre criaturas.

Para que todo este entramado de relaciones se produzca, la institución infantil ha de tener un proyecto educativo participativo, de consenso, de búsqueda de pautas educativas de calidad para niños y niñas, pero también para las familias, para el entorno, para las organizaciones y asociaciones cívicas. Es una forma de enriquecimiento profesional y personal.

No se puede olvidar que los niños son los protagonistas de la acción educativa. Son ellos y solo ellos quienes construyen su pensamiento, quienes actúan, quienes dicen cómo y de qué forma estimular el medio y nos recuerdan que los adultos son sus acompañantes en el proceso de crecimiento. La familia, la escuela y el territorio son contextos de desarrollo.

Queda por reflejar, documentar y vivir todo este proceso como adultos profesionales. Ser originales, creativas, críticas, curiosas, cultas, formadas, investigando, innovando, cuestionando, evaluando, creando equipo y relaciones. Esa es la gran tarea educativa, y esa es una gran tarea pendiente.

La educación en general,
y la educación infantil en particular,
tiene como objetivo dar voz
al más elemental de los derechos personales: tener identidad social

 

Conclusiones

• La ciudadanía debe buscar el establecimiento de relaciones basadas en la confianza mutua. La escuela infantil debe ser un espejo donde mirar las prácticas que marcan buenos ejemplos de convivencia: una escuela infantil inclusiva, compensadora de desigualdades ante situaciones de exclusión, de pobreza, generadora de oportunidades.

• La ciudadanía debe basarse en un código ético. No podemos olvidarnos de nuestro deber y responsabilidad ética, y mirar hacia otro lado ante situaciones realmente graves que ocurren día a día y que pueden afectar a las comunidades educativas de las escuelas infantiles.

• La Educación Infantil ejerce una función social importante fortaleciendo los derechos humanos y las libertades fundamentales. Se hace necesario recoger los proyectos que se dan en las escuelas infantiles y ofrecerlos con responsabilidad al resto del sistema educativo y a la ciudadanía.

• Hay que crear redes que se opongan de manera firme a cualquier situación que atente contra los derechos de la infancia y la denuncien, desarrollando caminos para un nuevo futuro desde las escuelas.

• Las escuelas infantiles deben establecer vínculos de unión formal e informal con la comunidad local y con los barrios, deben reivindicar el valor de la diversidad y deben ofrecer a niños y adultos la posibilidad de desarrollar proyectos que reconozcan y apoyen la diversidad lingüística, la diversidad funcional, social, religiosa, de género y que desafíe los estereotipos.

Para finalizar…

La educación en general, y la educación infantil en particular, tiene como objetivo dar voz al más elemental de los derechos personales: tener identidad social, formar parte de una colectividad o comunidad concreta, que los niños y las niñas se conviertan en ciudadanos positivos para sí mismos y para los adultos que los acogen y participen de las decisiones que afectan a la vida común. Esa es la auténtica igualdad de oportunidades desde el nacimiento para combatir la exclusión social, educativa y personal.

Pepa Alcrudo, maestra y pedagoga, Colectivo Infancia, Madrid.

Bibliografía
Alzola, Nerea. «La educación infantil: motor de cambio político y educativo». Cuadernos de Pedagogía, núm. 477 (2017).

 

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