Infancia y salud. De la tristeza a la empatía

Las emociones son la base del aprendizaje y el desarrollo. Parte del proceso educativo es enseñar a niños y niñas a reconocerlas y transitarlas, sin evitarlas. La tristeza es una de las emociones básicas para el desarrollo. Permite la elaboración de los duelos, la conexión interior y la conexión emocional con los otros. Y desde ahí es clave para que aprendan la empatía y la tolerancia a la frustración.

Las emociones tienen un papel clave en el desarrollo del niño y la niña. Son el mecanismo interno que garantiza la fluidez del procesamiento de las vivencias, las emociones y los pensamientos en el niño. Es la emoción de la curiosidad, la que lo lleva a jugar o explorar los ambientes de una escuela. Y justamente jugar y explorar posibilitan desarrollar su cerebro. Gracias a la rabia el niño o la niña se protegerá porque aprenderá a poner límites, a no prestar siempre ni a cualquiera sus juguetes o a decir «no». El amor le permitirá sobrevivir porque se vinculará a aquellos adultos que le críen y le proporcionen el cuidado necesario para sobrevivir.

Las emociones son, por lo tanto, motores de desarrollo. No son estados permanentes sino vivencias temporales. Tampoco son sentimientos, porque estos surgen cuando la emoción se une a la razón y estructura la vivencia. Son el motor inicial, el que pone en marcha el psiquismo humano, y en su forma de equilibrarse van creando la autorregulación emocional. La alegría se equilibra con la tristeza, el miedo con la curiosidad, el amor con la rabia…, y así se va configurando el equilibro interior.

Pero, de entre todas las emociones, hay algunas que, a los adultos, nos cuesta más experimentar, y por eso mismo también nos vemos más limitados a la hora de educarlas en niños y niñas. Porque las emociones se pueden cultivar y educar, tanto como se pueden dañar. Puedo enseñar a un niño a promover su alegría, a cultivarla y buscar las cosas que le divierten, pero también le puedo enseñar a negar el miedo y «hacerse el valiente» o «ser mayor». Los adultos podemos guiar esa herramienta de vida que son las emociones. Y lo hacemos desde nuestras propias vivencias y nuestra propia historia, salvo que pongamos la consciencia suficiente para podernos diferenciar de ellos y respetar sus procesos.

Una de las emociones clave en el desarrollo es la tristeza. La tristeza tiene tres grandes utilidades que son imprescindibles para poder vivir plenamente. Necesitamos saber acoger la tristeza, no negarla, ni evitarla, ni minimizarla. Tendemos a querer «arreglar» el dolor. Y no funciona. El dolor, si no se ha podido prevenir, toca vivirlo, atravesarlo y llorarlo.

La tristeza la tememos porque muchas veces va unida al miedo. Nos produce angustia porque nos confronta con cosas que nos dejan impotentes, que no podemos arreglar o cambiar. Y cuando la tristeza se une al miedo es cuando se queda anclada, porque se convierte en una amenaza para la subsistencia. Y el ser humano, como especie animal que es, está hecho para sobrevivir. Así que tememos la tristeza porque la sentimos como una amenaza. Pero no lo es. Estar triste no es un problema. En realidad ninguna emoción es un problema siempre que sepamos transitarla. Existe una tristeza melancólica y tranquila que no supone una amenaza y nos posibilita algunas cosas esenciales para nuestro desarrollo pleno. Merece la pena que nos detengamos a analizar el sentido último de la tristeza, cuál es su utilidad en el desarrollo.

La tristeza, para la mayoría de los adultos, sirve para elaborar los duelos. Están los grandes duelos: la muerte, la enfermedad, el abandono… Son duelos ante los cuales los adultos intentamos apartar a los niños, que no se enteren, que no estén, que no lo pasen mal. Sin embargo al hacerlo los dañamos, por dos motivos. Por un lado, la mayor angustia siempre es no saber, y cuando los niños y las niñas perciben a su alrededor la tristeza o el miedo, y no saben qué lo produce, tienden a angustiarse y, desde su pensamiento egocéntrico propio de los primeros años, a interpretar que ellos han hecho algo mal, que es su culpa. Por otro lado, al no dejarles participar en las ceremonias de despedida, impedimos a los niños recibir el apoyo de la red afectiva y la oportunidad de hablar de su dolor. En la muerte, el entierro no es para la persona que se ha ido sino para quien se queda, para que pueda ser sostenido y encontrar un modo de expresar su dolor. Si niños y niñas no forman parte de las ceremonias, no tienen esa oportunidad.

Pero también están los pequeños duelos: quería algo y no me lo compras; he intentado montar las piezas y no me encajan; he acabado el último en el juego… A la capacidad de soportar esos pequeños duelos la llamamos técnicamente tolerancia a la frustración. La frustración no es más que la tristeza que te genera algo que querías y no has logrado. Esa tristeza hay que vivirla, porque se convertirá en empuje y motivación para cambiar la conducta.

Pero la tristeza tiene otra función esencial en el desarrollo de un niño o una niña. Sirve para permitirle su conexión interior. La alegría le lleva hacia fuera, es expansiva, le lleva al movimiento, a la actividad, al encuentro con otras personas. La tristeza la completa y la complementa, permitiendo la autorregulación emocional en el niño o la niña. Le lleva hacia dentro, le hace pararse, frenar la actividad y le conduce a la soledad. Y es en ese mirar hacia dentro y esa quietud donde conecta mejor con su vivencia. Les pasa a ellos y nos pasa a nosotros, los adultos.

¿Por qué querer que conecten consigo mismos si lo que están viviendo es triste? ¿No es mejor que no piensen en ello, que estén entretenidos, que no se den cuenta? Resulta que esa conexión interior permite la consciencia corporal, y esa consciencia es la base de la protección. Veamos un ejemplo.

Un niño muy pequeño no sabe que está recibiendo abusos, porque no puede comprender lo que es un abuso, pero sí puede identificar el miedo, la angustia y el asco. Podemos enseñarle que, cuando alguien le haga daño, eso le dará asco y ganas de vomitar; legitimar el asco cuando lo sienta, y pedirle que si alguna vez alguien le hace algo que le dé nauseas nos lo cuente.

Estamos utilizando su consciencia corporal como un recurso de protección único.

Si no cultivamos esa conexión interior, si no permitimos tiempos de silencio, de quietud, y le ayudamos a sostener las emociones cuando le lleguen sin salir de su cuerpo, no podrá protegerse de verdad. La tristeza nos lleva a esa conexión, y produce un nivel de consciencia que difícilmente tienen niños y niñas cuando están emocionados, excitados o enfadados.

Pero una de las claves esenciales sobre la tristeza es que, solo cuando conectamos con nuestro propio interior, con nuestras sensaciones corporales y vivencias, podemos llegar a conectar también con las de los demás. Los niños y las niñas no aprenden a reconocer las emociones de los demás ejercitándose en mirarles sino identificando dentro de sí mismos lo que esas situaciones les provocan. Cuando pueden llegar a sentir en sí mismos lo que otra persona siente, llegan a comprenderlo. Y a esa capacidad de conectar con las emociones ajenas la hemos llamado empatía.

Desde aquí surge un cuestionamiento clave para el proceso educativo. Cuando sobreprotegemos a los niños, con la intención de evitarles el dolor o la frustración y el propósito de que estén siempre contentos, los estamos dañando. Porque les estamos impidiendo aprender a conectar consigo mismos y les estamos haciendo menos empáticos. Una educación sobreprotectora disminuye la capacidad de empatía en el niño o la niña. Se ve en ejemplos pequeños: se rompe su juguete y le compramos uno igual para que no esté triste; se muere su hámster y compramos otro mientras está en el cole para que no se dé cuenta; es el cumpleaños de su hermano y le traemos regalos también a él para que no se sienta menos importante ese día.

El dolor de los niños y las niñas, especialmente cuando son nuestros hijos, nos resulta difícilmente soportable. Aunque sea un dolor pequeño. Su tristeza nos angustia y desde ahí intentamos evitarla. Pero entonces, bien poco tiempo después, nos encontramos con niños y niñas con poca tolerancia a la frustración y una capacidad de empatía mermada, que son dos de los problemas más habituales hoy en día.

Comprender la alegría, el enfado o el dolor ajenos comienza por reconocer la alegría dentro de ellos mismos, sus enfados y sus tristezas. Educar en la autorregulación emocional implica permitir las pequeñas tristezas (y las grandes, cuando llegan inevitablemente) y acompañarlos y sostenerlos mientras las viven, porque nuestra presencia, como figura vincular y protectora, les dará la fuerza para encontrar dentro de ellos mismos los recursos para vivirlas y luego dejarlas ir. 

Pepa Horno, psicóloga y consultora en infancia,
afectividad y protección, Palma de Mallorca.
www.espiralesci.es

Bibliografía
Gonzalo, J. L. Vincúlate. Bilbao: Descleé de Brouwer, 2016.
Horno, P.
Educando la alegría. Bilbao: Descleé de Brouwer, 2017.
Horno, P.; J. Romeo y A. Ferreres.
El acogimiento como una oportunidad de vida: referentes de buena práctica en la atención a niños, niñas y adolescentes en acogimiento familiar y residencial. Madrid: Unicef Comité Español, 2017.
Siegel, D.
El cerebro del niño. Madrid: Alba, 2011.

 

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