Palabras de Irene

Hoy, para recordar a Irene, he pensado publicar su intervención de hace unos años en Reggio Emilia, en el encuentro internacional “Educazione e/è politica” (“Educación y/es política”). Aquel día fue la última vez que la vi, aunque luego tuvimos muchas otras ocasiones para hablar online y escribirnos.

Agradezco a la revista Zeroseiup
que publicaran esta preciosa aportación de Irene.
Sergio Spaggiari

 

Palabras de Irene:
“La certidumbre del compromiso frente a la incertidumbre del horizonte”.
Irene Balaguer, presidenta de la Asociación Rosa Sensat del 2005 al 2015, Barcelona, España.

Estimadas amigas y estimado amigos, gracias por estar todavía hoy aquí, tras estos dos días intensos de trabajo que nos han llevado a ver y escuchar tantas realidades e ideas nuevas.

Soy plenamente consciente de que vuestra presencia hoy, aquí, se explica por el deseo de rendir homenaje a Loris Malaguzzi, el pedagogo de la infancia de 0 a 6 más importante del final del siglo XX. Precisamente por ello, por un lado me siento un poco “incómoda”, porque sé que muchas otras personas podrían “glosar” mucho mejor que yo su obra y su pensamiento, pero por otro lado, me siento muy bien, porque tuve la gran suerte de poder compartir con él dudas, certidumbres, proyectos, locuras y utopías varias, no exentas de debate, argumentos y contraargumentos, de análisis sobre nuestras respectivas realidades sociales, pedagógicas y políticas.

Por ello, hoy siento el deber de compartir con vosotros estos pensamientos, consciente de que nunca podré retornar lo que de él he recibido.

La vuestra es la lengua más bella de las que conozco. Me gusta escuchar la musicalidad de vuestras palabras, y soy igualmente consciente de que ahora la estoy destruyendo… pido disculpas. Pero así hablaba yo con Malaguzzi y conseguíamos comprendernos aunque no resultara nada fácil seguir sus palabras, porque cuando se apasionaba hablaba muy de prisa y me resultaba difícil seguirle.

Me gusta mucho el título de este encuentro: “Educazione e/è Politica”, un bello juego de palabras que funciona en vuestra lengua y que tanto le gustaba hacer a Loris. Pero lo que este título propone no es un mero juego lingüístico.

Sobre este tema tuvimos una complicidad muy fuerte y consistente: educación y política son dos conceptos indisociables. Son las dos caras de la misma realidad, que para nosotros iban de la mano. Y justamente en este contexto de complicidad intentaré desarrollar mi intervención, que se sitúa en dos conceptos siempre presentes en su reflexión y su acción pedagógica: la certidumbre y la incertidumbre.

Asamblea del Movimento 15M Barcelona 2011

1. La certidumbre del compromiso
Desde el inicio de la relación de Malaguzzi con Reggio es evidente la certidumbre de su compromiso político y social para reconstruir, sobre la destrucción, una nueva realidad.

Recuerdo, a este propósito, la vieja y bella historia de su viaje en bicicleta para trabajar al lado de los ciudadanos que, ladrillo a ladrillo, reconstruían una escuela para los niños de la ciudad.

Encuentro de la Red Territorial de educación infantil en Catalunya, 2010

En esta escena casi metafórica, que explica de manera precisa su manera de proceder, se inicia una historia de construcción de un proyecto que va más allá de las paredes de la escuela; es un proyecto que “salta los muros”. Un compromiso ético y político: el de la certidumbre de articular un proyecto libre de condicionantes, un proyecto de creación que combina realidad e imaginación. Es la utopía que se hace realidad.

El “niño”, el niño en la acción y la interacción que la vida colectiva le ofrece, es su fuente de inspiración, una “construcción cotidiana”, la materia prima para sus descubrimientos. Se deja llevar por el asombro ante las capacidades múltiples de los niños, que corren el riesgo de pasar sin ser vistas si no se construye una nueva mirada y una nueva escucha sobre lo que realmente da sentido a sus acciones.

Loris se mantiene fiel al viejo compromiso con la infancia, porque da voz y protagonismo a quien no habla, a quien todavía hoy está esperando un reconocimiento pleno.

Existe la certidumbre de que un compromiso de transformación potencial no se puede realizar de manera individual: debe ser una apuesta colectiva. Se debe formar “equipo”. Pero, ¿qué “equipo”? Malaguzzi buscaba y trabajaba por colectivos comprometidos. Tejiendo con mirada aguda, con la misma mirada con que miraba a los niños, descubriendo las cualidades de todas las personas diversas que podían hacer crecer una nueva realidad educativa para los niños de 0 a 6 años. Un colectivo dispuesto a aprender tanto de lo que nace de los niños como de lo que surge de los debates o las discusiones compartidas. Un equipo con capacidad de interrogarse y plantear preguntas, un equipo heterogéneo, diverso y, por lo tanto, rico, que rompe con los moldes tradicionales de acceso de los profesionales a la escuela. Porque para hacer cualquier cosa nueva es necesario coconstruir un debate nuevo, pero también nuevas acciones.

Jubilación de Loris Malaguzzi, Italia 1990

Quizás esta certidumbre, lícita y comprensible, es la que hace de la experiencia de Reggio un hecho único e irrepetible. Porque, ciertamente, podemos encontrar aquí y allá profesionales comprometidos, lo sabemos, pero para crear colectivos “heterodoxos” se requieren una capacidad y una habilidad que pocas personas poseen, que Malaguzzi poseía y que caracterizaron toda su obra.

La certidumbre de su compromiso y su convicción hacían saltar las normas. El compromiso de Malaguzzi nace de la necesidad de ponerse al lado de la sociedad activa, de ponerse al lado de las mujeres; el triángulo de relaciones, tan lógico, se cierra en las escuelas de Reggio, con las familias y la sociedad. Un proceso en continuo diálogo, escucha, intercambio, de participación y democracia real es el elemento fundamental de una realidad que, paso a paso, día tras día, va tomando forma. Es el compromiso político y pedagógico de una nueva manera de entender la educación: una educación abierta, una educación de todos aquellos que la viven.

Para la mayoría de los que estamos hoy aquí, esta idea puede parecer algo lógico, elemental, pero en los años setenta del siglo pasado era una verdadera revolución, la más pacífica de las revoluciones. Una educación emancipadora de la comunidad interna: niños, profesionales, familias y sociedad son los actores, todos activos, de un proceso de aprendizaje común.

Pero su compromiso político, como el de todos los grandes maestros que nos han precedido, no puede limitarse a construir una realidad educativa fuerte y potente en una única ciudad; Malaguzzi siente la necesidad de dar a conocer esta realidad más allá de los confines de su Reggio Emilia.

Siente el compromiso de “hacer pedagogía” de la política educativa de Reggio Emilia y empieza así a construir una red de relaciones y de intercambios en toda Italia, de norte a sur, de este a oeste, con miles de visitas, para animar a ayuntamientos y a maestros que empezaban a crear escuelas para los niños pequeños, a través de los encuentros y los convenios organizados por el Gruppo Nazionale Nidi e Infanzia. Así, en aquellos años, nace la revista Zerosei y, más tarde, la revista Bambini.

De Italia al mundo entero, un mundo con una sociedad en transformación continua. Es gracias a este compromiso suyo por ir “más allá” que en España tenemos la suerte de conocer este proyecto colectivo hecho realidad en vuestra ciudad y establecemos una relación muy estrecha con vosotros, pero de manera especial con Malaguzzi. Loris se convierte en un participante constante en nuestras escuelas de verano, durante casi veinte años. Así tuvimos la fortuna de compartir con él las certidumbres, las dificultades, las dudas sobre nuestra realidad y sobre el mundo de aquellos años, hace ahora cuarenta años.

Pero creo que este no era el único motivo. Compartíamos, modestamente, los mismos deseos de emancipación de las personas, de manera especial de las personas de 0 a 6 años, creando escuelas para los más pequeños y partiendo del convencimiento de que el derecho a la educación empieza con el nacimiento. Nos reconocíamos herederos de la renovación pedagógica del siglo XX, un legado que nos empujaba a ir más lejos, a interrogarnos y a encontrar nuevas respuestas.

Compartíamos también la frustración por los límites evidentes de la formación académica de los nuevos maestros. Teníamos la certidumbre de que el diálogo de la práctica y la teoría permitiría progresar, de la una a la otra. Tal vez por esta razón Malaguzzi estaba enamorado de nuestras escuelas de verano, porque en esos encuentros y diálogos era muy difícil distinguir el tiempo de reflexión sobre psicología, sociología o neurociencias de las experiencias de las escuelas y los maestros que estaban transformando su cotidianidad en la escuela; los espacios de baile y de risas de la conversaciones políticas que surgían de manera organizada o espontánea con la participación de personas de orígenes diversos.

Por todo ello hemos sido afortunados de haber podido disfrutar de su compromiso generoso hacia nosotros, porque el suyo era también nuestro compromiso y Malaguzzi se alimentaba y lo alimentaba en cada encuentro. La pedagogía es política.

2. La incertidumbre del horizonte
Hace veinte años la Universidad de Milán organizó un encuentro-homenaje a Loris Malaguzzi con un título bellísimo: “Nostalgia del futuro”. Todavía hoy sentimos esa nostalgia, porque Loris tenía esta capacidad de imaginar el futuro, de crear utopías, de ir siempre más allá.

En su ausencia el horizonte me resulta más incierto.

Vosotros, los italianos, tenéis una facilidad envidiable para construir buenos títulos, con una gran dosis de metáfora, un don que nosotros no tenemos. Por ejemplo, para la segunda parte de mi intervención necesitaré precisamente el título que disteis a una exposición vuestra: “El ojo que salta el muro”. Soy consciente de que “el ojo que salta el muro” de la exposición de Reggio no se refería a lo que ahora os propongo como horizonte, pero de aquí nace, para mí, la incertidumbre.

Aquel ojo debía saltar el muro de la escuela para tener un horizonte amplio, o saltar, en el sentido contrario, el muro de la escuela para descubrir la potencialidad de los niños. Hoy nos encontramos frente a un muro que puede parecer insalvable: es el muro del miedo que conduce a la parálisis. Son estas, desde mi punto de vista, las dos grandes fuerzas a batir en esta crisis que vivimos.

Una crisis que está destruyendo impunemente algunas de las mayores conquistas sociales del siglo pasado, y entre ellas la educación que habíamos conseguido, de manera más o menos generalizada, en los países europeos.

Hace veinte años Europa era para nosotros una gran esperanza democrática y social.

Hace diez años, en la escuela de verano, reconocimos un horizonte común, que declaramos en el manifiesto “Por una nueva educación pública”.

Una declaración que concluía asumiendo dos compromisos, compartidos por todas las personas y las entidades que estaban presentes:

1. Trabajar para hacer realidad el contenido de la declaración, con la voluntad de avanzar en cada una de nuestras escuelas, ciudades o países para profundizar en nuestras prácticas y acciones pedagógicas y sociales en la idea de una nueva Europa de la ciudadanía, una Europa abierta, plural, optimista, creativa, llena de esperanzas y proyectos de futuro, una Europa sin fronteras entre los países que hoy la configuran, solidaria con el mundo.

2. Velar de manera coordinada porque las reformas y las políticas educativas de cada país y de la Unión Europea se puedan desarrollar para reforzar los derechos de los niños, considerados “ciudadanos”, más allá de la necesaria provisión de recursos humanos y materiales.

Dos compromisos que nos permitían tener una esperanza renovada en el futuro y hacer visible la utopía compartida: la de una nueva educación pública.

Hoy, todo lo que se decía en la declaración se ha convertido en tabú, por dos razones: la primera es que la educación pública en Europa está en crisis y nos encontramos bajo el asedio de las ideas neoliberales que dominan el panorama europeo. La segunda, no menos preocupante, es que la crisis económica y el mundo que la ha gestionado han generado en nuestros países un sentimiento común antieuropeo o xenófobo.

Debemos ser conscientes de las ideas que dominan hoy Europa, que nos deslumbran constantemente con el consumo, el dominio del mercado, el descrédito de lo público, y lo hacen con todos los medios al alcance, en un bombardeo continuado, potente, tan potente que nos ciega y nos dificulta ver las pequeñas luces brillantes de lo que existe y resiste, a pesar de su fuerza.

Sin embargo, debemos saber que existen, que en todas partes acontecen verdaderas maravillas pedagógicas que brillan con luz propia.

Pero lo que no saben las fuerzas dominantes es que, como decía Marta Mata, “la terquedad, una de las cualidades del buen maestro, debe presidir la búsqueda de propuestas y respuestas en cada momento, para poder avanzar con buen paso”.

Así pues, con terquedad, pero también con incertidumbre, pienso que hay que hacer un esfuerzo entre la realidad y la utopía.

Para saltar el muro que nos debilita debemos superar el pesimismo en el que quieren ahogarnos, para poder ir más allá, para respirar, para imaginar, para tener esperanza, para sentirnos fuertes y potentes. Debemos tener claro que el horizonte es algo infinito: cuando creemos alcanzarlo, aparece otro.

Estas realidades hechas solo de horizontes son un estímulo para avanzar, pero pueden provocar incertidumbre.

Puede suceder que un horizonte parezca posible solo como una meta para unos pocos, pero debe prevalecer el optimismo, que me viene de la conciencia de la realidad, de mi edad y también de tantas personas que conozco que, con más o menos certidumbres, buscan nuevos horizontes.

Debemos ser conscientes de que, todavía hoy, nuestro punto de vista sobre la educación pública –y aún más sobre la educación de los más pequeños– se considera algo marginal. Pero esta aparente marginalidad, en lugar de angustiarnos, se convierte en un estímulo para la resistencia.

De este modo, con incertidumbre, pero también con convicción, os propongo tres puntos para afrontar el futuro, con viejos y, a la vez, nuevos horizontes.

Primero: hacer de la Convención sobre los Derechos del Niño nuestra gran herramienta.

Fue aprobada hace veinticinco años, pero todavía es poco conocida y, por lo tanto, poco respetada. Soy consciente de que, para muchos, y entre ellos también Malaguzzi, la Convención podría ser mejor, lo sé. Sé que se hizo sin tener en cuenta las opiniones de los niños, de modo que es adultocéntrica. Y es también muy eurocéntrica, porque respeta poco o nada las distintas visiones culturales sobre la infancia que conviven en el mundo. Pero, a pesar de todo, pienso sinceramente que es una herramienta magnífica para todos quienes reconocen al niño como “persona” desde el nacimiento, con derechos civiles y derechos políticos.

Y esto nos conduce de nuevo a la dificultad de separar pedagogía y política, porque han sido compañeros de viaje en la larga conquista de la identificación y el reconocimiento de los derechos de la infancia.

Si lo intentamos, veremos la fuerza que pueden tener algunos derechos civiles:

derecho a la propia identidad,
derecho a la libertad de expresión,
derecho a la libertad de pensamiento,
derecho a la protección de la intimidad,
derecho al honor,
derecho a ser escuchado.

Debemos sentir estos derechos muy próximos a la educación por la cual luchamos y respetarlos interpela a todos los adultos que tienen relaciones con los niños y niñas.

Y en cuanto a los derechos políticos, por ejemplo:

derecho a la educación,
derecho al juego, a la cultura y a las artes,
derecho a la no discriminación.

Los gobiernos deben garantizar estos derechos, y todos quienes que trabajamos con los niños tenemos el deber de exigirlos, con la fuerza que nos da la Convención sobre los Derechos del Niño, ratificada por todos los países del mundo, excepto los Estados Unidos y Somalia.

La Convención puede darnos la fuerza jurídica y política en todas partes, y nos obliga a nosotros, personas adultas, a mantener una relación con los niños de una manera tan simple y a la vez tan profunda como decía Ianusz Korczak: “Un día descubrí que no debía hablar a los niños, sino con los niños”.

Segundo: hacer de la democracia nuestro estilo, nuestra manera de vivir con el otro y con los otros.

Personalmente, lo que más me preocupa de la crisis es que acabe por destruir la democracia. Me preocupa la espiral negativa que envuelve a la democracia formal. Pero todavía más me preocupa la crisis que puede destruir la vida cotidiana. Así, desde mi punto de vista, uno de los grandes horizontes en que debemos concentrarnos es el de mantener y hacer crecer la participación, la toma de decisiones y la responsabilidad colectiva.

Hay que sostener las pequeñas realidades prácticas con los niños y entre ellos, con los compañeros y entre nosotros, con las familias y entre ellas, con la sociedad cercana. Una coconstrucción aparentemente pequeña, pero constante, como una lluvia fina que parece que no moja pero que penetra y contribuye a hacer revivir y a dar frutos.

Es esta democracia la que hace que las personas pequeñas y grandes aprendamos a pensar y a reflexionar de manera autónoma, a tener una opinión propia, distinta y también en conflicto con las de los demás, a ser personas libres, solidarias y felices.

3. Hacer de las relaciones nuestra fuerza
¿Quizás me equivoco con este tercer punto? Pero allí donde he ido he tenido ocasión de conocer a personas maravillosas y escuelas magníficas. Podéis pensar que he tenido suerte, o quizás que, aunque sean muchos, de países y culturas muy diversos, son siempre una minoría. Pero son esos márgenes que sostienen la llanura, son precisamente esas pequeñas luces, casi invisibles o eclipsadas por los potentes reflectores de los poderes que hoy dominan el mundo. Pero existen.

Así, pues, se trata de tejer, de tejer un tapiz tan grande y vasto como seamos capaces. Un tapiz que será diverso, como diversas son las escuelas, y como diversa es la realidad educativa del mundo. Será diverso el espesor de la urdimbre, será diverso el color y será diverso el material, porque en la diversidad se halla su fuerza. Un tapiz que, sin embargo, comparte una trama: la de respetar a los niños, la de buscar lo mejor para acompañarlos en su proceso de emancipación y de descubrimiento del mundo.

Y ahora es posible empezar a tejer, la tecnología lo permite y lo facilita; mañana será normal y al alcance de todo el mundo.

Se trata pues de compartir los tejidos o las redes que cada uno de nosotros posee, para crear un gran tapiz que nos una, para saber que no estamos solos y que somos muchos, muchos más de los que podemos imaginar, y podemos compartir una gran utopía, haciendo visible lo que existe pero que solos no alcanzamos a ver.

Amigas y amigos, creo que es el momento oportuno para actuar y sostener lo que hemos conquistado y obtenido. Debemos organizar la resistencia, porque sabemos que la historia de la humanidad no es lineal, sino que está hecha de avances y retrocesos. Y precisamente por esto necesitamos hoy plantearnos horizontes conceptuales y geográficos amplios, con la humildad y la certeza de saber que habrá algunos que nosotros no podremos alcanzar, pero con la esperanza de que otros después de nosotros los alcanzarán.

Irene Balaguer
(Palabras de Irene Balaguer en Reggio Emilia, en el encuentro internacional “Educazione e/è politica” (“Educación y/es política”), publicadas en la revista Zeroseiup y recordadas por Sergio Spaggiari )

 

 

 

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