Nos enfrentamos a dos artículos que pueden colaborar en profundidad sobre temáticas de actualidad en el mundo educativo.
Las neurociencias aparecen como la “ única” ciencia explicativa sobre el desarrollo en la primera infancia y hacia ella miran, en términos de inversión, muchas organizaciones.
La Psicomotricidad en nuestro país surge por los años 78, gracias a la Profa. María Antonieta Rebollo, Jefa del Servicio de Neuropediatría del Hospital de Clínicas de la Facultad de Medicina de nuestro país. Su admiración por el trabajo del Prof. Julián de Ajuriaguerra en París, la llevó a crear un equipo multidisciplinario dedicado sobre todo a las dificultades del aprendizaje y a crear oficialmente la carrera de Psicomotricidad. A pesar de que la impronta en nuestra formación fue fuertemente neurológica, el respeto y la pasión de nuestra profesora por el conocimiento, nos empujó a ir más allá, pues era evidente que solamente con los conocimientos sobre el desarrollo del sistema nervioso no podíamos explicar la complejidad del desarrollo global de cada niño.
Ya de Ajuriaguerra, con el concepto de “epigénesis” nos enseñaba sobre la seriedad profesional que debemos tener para no caer en algo caricaturesco. “Se llama epigénesis a toda la organización progresiva somática o conductual del individuo, la cual constituye una construcción dependiente a la vez del programa genético y del material e información puestos a su disposición por el ambiente. Este concepto de epigénesis intenta señalar las dificultades existentes cuando se pretende separar de forma en exceso caricaturesca la dotación genética innata y la aportación ambiental adquirida”
Décadas más tarde, Edgard Morin nos sacude con su sabiduría al decirnos que la noción de hombre en la actualidad, está despedazada por las disciplinas biológicas por un lado y por las disciplinas de las ciencias humanas por otro, no pudiendo llegarse a un verdadero conocimiento por la hiperespecialización que muchas veces cosifica el objeto de estudio. Dice que el verdadero conocimiento progresa no por sofisticación, formalización y abstracción sino por la capacidad para contextualizar y totalizar.
Morin sostiene que la universidad necesita hombres capaces tanto de mantener un punto de vista más amplio como de centrarse profundamente en los problemas y progresos nuevos que transgredan las fronteras históricas de las disciplinas.
En un mundo con tantas especializaciones, que se mueve a una velocidad cada vez mayor, con un crecimiento exponencial de información de todo tipo y color… Olvidar la epigénesis, ignorar que el desarrollo global de un niño se co-construye en una trama vincular, social, epocal… ¿no resulta mucho más cómodo y menos “enloquecedor”? En nombre de las Neurociencias, estamos simplificando la complejidad propia de todo desarrollo, tarea ardua y muchas veces angustiante por cierto.
Con un afán cuantitativo se simplifican aspectos multifactoriales y dinámicos del desarrollo. Si pensamos que el desarrollo es lo que “se ve”… no estamos entendiendo que es tan solo la punta del iceberg y que son más los elementos subyacentes que los visibles. ¿Cómo separar desarrollo de vínculo, de cultura, de sociedad, de época, de ecosistema? ¿Cómo separar desarrollo, de crecimiento, de maduración, de aprendizaje? ¿A qué cambios en las formas de pensar y sentir a nuestros niños, se debe la moda del término neurodesarrollo, recortando con su uso, de una manera casi quirúrgica la riqueza compleja y global de la infancia?
No es noticia para nadie el aumento de casos de pequeños niños clasificados por el DSM V como Trastornos del Espectro autista dentro de los llamados Trastornos del Neurodesarrollo. En esa gran bolsa, muchos médicos introducen niños con las más variadas posibilidades de salir adelante, informando a los padres que presentan un problema neurobiológico. Los niños autistas descritos por Leo Kanner se siguen viendo, pero son los menos. Muchísimos niños han salido adelante gracias al esfuerzo y compromiso de equipos interdisciplinarios que han apostado a la multicausalidad y a la complejidad, al trabajo tanto de aspectos del desarrollo como de la construcción subjetiva, al trabajo tanto con el niño como con el niño y/o sus padres. El Prof. B. Golse nos dice que: “El autismo es la forma más grave del fracaso en el acceso a la intersubjetividad y se expresa en la dificultad de instalar vínculos con el mundo, con los otros y hacia sí mismo”
El desarrollo ha quedado reducido en estos casos y en tantos otros a una patología del neurodesarrollo. Este prefijo, “neuro”, parece que le diera otro estatuto y elevará al vulgar desarrollo a un verdadero y nuevo saber científico que pocos conocen. La Medicina basada en la evidencia, fragmenta en nuevas disciplinas funciones aisladas. Recurre a técnicas estandarizadas de evaluación y de tratamiento, perdiéndose el valor del encuentro humano, afectivo, emocional y lúdico entre terapeuta y paciente, tan necesario para poder expresar aquello que se quiere evaluar y tratar. Hablar de la globalidad del niño, de la “zona de desarrollo proximal”, de la importancia del otro en la construcción subjetiva…parece tarea de románticos, hasta tanto las neurociencias nos demuestren estas obviedades.
Hace unos meses un chico de 6 años al que atiendo desde los 3 años, que presenta una patología multicausal que afecta sobre todo su desarrollo práxico pero también su desarrollo emocional, fue derivado a terapia ocupacional. A las pocas sesiones de iniciado dicho tratamiento se negó a seguir concurriendo porque le hacían ejercicios a los que no les encontraba sentido: “¿A quién se le ocurre mandarme a ese lugar?, me hacen andar en bicicleta pero acostado y en el aire. No quiero ir más, no me gusta”. La madre del niño que trabaja en el área de Primera Infancia y conoce muy bien del tema, le explicó a la Terapeuta Ocupacional que su hijo hacía años que era tratado en Psicomotricidad, en Psicoterapia Psicoanalítica y en Fonoaudiología por un equipo interdisciplinario que respetaba el deseo de jugar de su hijo, que respetaba los intereses y contenidos de juego que el niño traía, que respetaba la temporalidad y que a través de ello abordaba cada disciplina su objeto de estudio. Y sobre todo que el niño iba a los tratamientos con gusto y entusiasmo.
El problema principal es que se está recortando con técnicas de evaluación y de tratamiento, la construcción subjetiva de muchos niños. Si observamos la mayoría de las escalas de evaluación se centran en un aspecto de una función sin tener en cuenta el contexto vincular y ambiental en general en que se encuentra el niño. En niños clasificados y no digo diagnosticados a propósito, como Trastornos del Espectro Autista, al darse por descontado que el problema es neurobiológico no se observa el estado afectivo ni el psiquismo de los padres, ni su modo de criar a los niños, ni la dinámica familiar, ni las discontinuidades de los vínculos… a lo sumo se les pregunta a por el tiempo en que su hijo está expuesto a las pantallas y se toman medidas al respecto. El asunto de las pantallas, ¡es grave!, pero no por las pantallas en sí mismas, sino por lo que los padres dejan de vivenciar y de conectarse emocionalmente con sus hijos, por todo lo que dejan de compartir, de hacer, de aprender, de construir, de negociar, en tanto los dejan sentados frente a ellas.
Unos padres me consultaron derivados por la Fonoaudióloga, por un chiquito de 2 años y medio que presentaba inquietud, una conducta errática, un compromiso en el desarrollo del lenguaje y una expresividad corporal y facial como “congelada”. A través de la observación del niño mientras interactuaba con sus padres pude apreciar que ninguno de los dos tenía la posibilidad de hacerlo lúdicamente. Querían mostrarme que ya sabía algunos colores, algunos números y todo lo que podían desarrollar en la sala de psicomotricidad eran actividades sensoriomotrices “desnudas”. Comenzamos a jugar simbólicamente, deslizándolo en una tela a modo de auto, frenando, tocando bocina, continuando el recorrido. Propusimos un garaje y una casita. El niño comenzó a entusiasmarse y a seguir un hilo conductor cada vez por más tiempo.
Lo interesante de esta viñeta, es que a partir de ella pudimos comenzar a conversar con los padres acerca del lugar de las emociones en todo encuentro humano pero muy especialmente en un niño pequeñito que percibe más nuestros gestos, miradas, sonrisas o expresiones de indiferencia o tristeza, nuestra forma de tocarlo, evitaciones que inconscientemente podamos hacer, etc., que las palabras que les podamos dirigir esperando una respuesta verbal. ¡Tratemos de mirar qué miran de nosotros los ojos del pequeño niño que tenemos enfrente! Observar, observar y observar, antes de apurarnos a actuar y a hablar.
Cuando la mamá del niño comprendió la esencia del juego simbólico que estábamos realizando con su hijo, dijo: “es que ahora no se necesita la imaginación, eso era antes cuando no había televisión, internet; ¡claro! No había más remedio que jugar con la imaginación”. Y el padre agregó: “Yo no puedo jugar así”. Ambos padres son profesionales y trabajan dentro del área de la informática.
Tratar de que los padres comprendan la relación entre las emociones, el juego, la capacidad de simbolizar y el desarrollo… no es una tarea “racional”, que se pueda explicar y ¡listo! Provoca angustia en muchos padres, ya que se ven enfrentados a hacer una regresión hacia la fragilidad, la temporalidad, la emocionalidad de la infancia, de su propia infancia. Es necesario conectarnos con nuestra propia infancia, en lo bueno y en lo no tan bueno, en cómo fuimos transitando el desamparo y encontrando o no, el amparo suficiente, en los adjetivos con los que los adultos nos tildaban, etc. Para esto es fundamental el trabajo realizado por un psicólogo de orientación dinámica (Psicoanálisis).
Sin las emociones en juego el juego estará muy lejos de ser algo verdadero, algo genuino al decir de Winnicott. Las Neurociencias han puesto de nuevo en el tapete la importancia de las emociones pero aún no han llegado a valorarlas dentro de la complejidad del vínculo, del desarrollo y del aprendizaje de un niño. Tenemos un largo camino por recorrer. Sólo las verdaderas emociones de los niños resonando en mis oídos, en mis recuerdos, y la buena evolución de la mayoría de los tratamientos, me dan la convicción de que aceptar la complejidad de cada ser sin caer en reduccionismos, respetando el valor del juego y de las emociones, cargará de sentido sus futuras vidas.
BIBLIOGRAFIA
de Ajuriaguerra., D. Marcelli. (1992) “Manual de Psicopatología del Niño”. 2da Edición. Editorial Masson, S.A. (pág 7)
Morin, E., (1999) “La cabeza bien puesta. Repensar la reforma, reformar el pensamiento”. Editorial Nueva Visión. Buenos Aires.
Winnicott, D. (1971) Realidad y juego. Barcelona. Gedisa.
Claudia Ravera Verdesio
Maestra y Psicomotricista.