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Autor Pepa Òdena

Escuela 0-3. Pequeños/grandes detalles para el buen «hacer de maestro» de educación infantil (0-2 años)

Hace unos años una maestra, alumna de un curso de la escuela de verano, me pidió que le dijera diez aspectos que considerara básicos para todo maestro de escuela infantil. Busqué diez y los escribí. Aquí los recupero y actualizo. 1. El niño y el adulto Los maestros tenemos que aprender a desprendernos de la idea que somos los protagonistas del aprendizaje del niño o niña. Debemos tener el convencimiento que la protagonista de su crecimiento es cada criatura, y que para el niño el centro de su interés está en la propia actividad y no en la del adulto. El maestro tiene que estar convencido de que el niño es capaz, es potente, que tiene fuerza autónoma, que la propia acción es lo que lo hace crecer, es decir, que no aprende tanto por lo que le explicamos, ni siquiera por lo que ve que hacemos, sino que aprende haciendo, por medio de lo que él mismo hace. Para el buen desarrollo de los niños y niñas es fundamental que exista coordinación entre los adultos que son responsables de ellos. Es necesario, pues, mantener una relación positiva entre familia y escuela. En la relación cotidiana con los niños y niñas, el maestro debe evitar hacer comentarios peyorativos sobre su familia. El niño pequeño necesita un trato individualizado, una comunicación personal directa con la persona adulta. En la escuela infantil debe huirse de la masificación institucional propia de una escuela. Las dimensiones organizativas deben ser reducidas, es decir, los grupos han de tener un número reducido de niños y niñas, y aunque nosotros los consideremos como un grupo, hemos de pensar que es una idea, la de grupo, que ellos no tienen. La relación con la criatura debe ser de tú a tú. El niño ha de tener un adulto de referencia, una o dos personas, siempre las mismas, con las que establecer una relación permanente, de confianza y de seguridad. 2. Contacto corporal La vida con las niñas y los niños pequeños demanda un contacto corporal frecuente. De la calidad de la aproximación al cuerpo del niño o niña depende la confianza con el adulto y su seguridad emocional. Las ocasiones de contacto son muchas: el recibimiento de la mañana, el momento de vestir, de comer, del cambio de pañales o cuando lo dejamos en la cama… momentos que tienen que ser satisfactorios. Hay que ser muy cuidadoso con este tema, respetando el niño al máximo. La delicadeza en los gestos y en las actividades de «manipulación» por parte del adulto evitan la brusquedad y las prisas, y proporcionan al niño o niña un sentimiento de seguridad física y afectiva. De la forma como se realiza este contacto depende que la criatura esté más o menos satisfecha y se abra, o no, a la relación con ese adulto concreto. El maestro debe vigilar la presión que ejercen sus manos adultas sobre la piel del niño. Por ejemplo, tiene que evitar los arañazos con las uñas largas o mal cortadas, ha de ir con cuidado con los «complementos» decorativos que lleva encima –brazaletes, anillos…–, que pueden producir rasguños involuntarios. Es conveniente recordar que las prisas con las que se resuelven las situaciones de contacto son una mala compañía. Y que el niño se siente seguro cuando está atendido y se le habla explicándole lo que se está haciendo con él en ese momento. 3. La mirada Para que un niño entienda que hablamos con él es necesaria una complicidad, con cruce de miradas. El adulto ha de poder ver la cara del niño, y el niño la del adulto, y por este motivo debemos tener en cuenta la altura de las dos personas, niño y adulto, la distancia existente entre los ojos de ambos interlocutores, su edad y la postura que adoptan.¹ Mientras se está en contacto físico con el niño o la niña, hay que hablarle. Si le explicas lo que estás haciendo con él, ya estás invitándolo a que te mire. Para que te entienda hay que esperar a estar seguro de que te mira y te escucha. Pero este contacto no hay que exigírselo («¡Mírame!»), sino que debe sugerírsele y procurar que lo haga voluntariamente. Por este motivo el adulto debe situarse respecto al niño en una postura que facilite el encuentro entre ambos rostros. 4. Condiciones ambientales A los niños y niñas les conviene un ambiente de serenidad y calma para sentirse tranquilos y a gusto allí donde están. Ambiente sonoro. En la sala de los niños y niñas, el ruido no tiene que ponernos nerviosos. Hay que evitar los lloros, los gritos y las estridencias de los niños y niñas. El adulto debe actuar de forma que el niño no tenga que llorar para expresarse, y si llora, en vez de silenciarlo debe buscar la causa del lloro y resolver el problema. En el espacio de los niños y niñas solo deben oírse sus voces y el ruido del material que manipulan. Con la intención de respirar tranquilidad, a veces se pone una música de fondo, relajante, pero esto, en vez de ayudar, distorsiona la actividad y distrae la atención de los pequeños. 5. La voz Los niños y niñas no se sienten grupo; por eso han de ser considerados y tratados individualmente. La persona adulta no debe hablarles a todos a la vez, porque si lo hace ningún niño se siente aludido; sí que puede vivirlo como una música de fondo que no entiende y más bien le molesta, pero no piensa que vaya por él. Es necesaria, pues, proximidad física: el adulto habla a cada niño cara a cara, con voz suave y mirándolo. La voz adulta no plana por encima de los otros niños, no invade el espacio auditivo de la sala en la que están situados. Es importante que el niño o la niña a quien se habla entienda que lo que está diciendo el adulto se lo dice a él. A medida que los niños y niñas van haciéndose mayores y van adaptándose a la situación de convivencia con los demás compañeros, el adulto a ratos puede dirigirse a un pequeño grupito de dos o tres niños a la vez, asegurándose que todos lo escuchan. 6. El ambiente. Movimiento y quietud Para conseguir un ambiente de serenidad es necesario que los movimientos sean calmados, los de las maestras y los de las criaturas. Los niños y niñas, por naturaleza, se mueven, y en cada etapa de su vida lo hacen de una forma diferente. Es necesario que el espacio en el que conviven esté preparado para sus necesidades de movimiento. La maestra también se mueve. Sus desplazamientos deben ser muy comedidos, pocos y suaves, y así los niños y niñas adquieren más seguridad. Hay maestras que se pasan todo el rato de pie, y van de un lado al otro de la sala atendiendo todas las incidencias, todo tipo de situaciones que la mayoría de las veces son previsibles y evitables. No es muy frecuente ver maestras en la escuela infantil que estén sentadas mientras los niños y niñas hacen actividades; sin embargo, sería conveniente que, en un rincón de la sala desde donde pudiera verse todo el espacio, hubiera un asiento: una alfombra, un cojín, un puf, una silla baja… y un pequeño mueble o estante en el que, cuando fuera necesario, la maestra pudiera dejar lo que tiene en las manos y estar sentada el máximo de tiempo posible. De esta forma, cuando una criatura quisiera acercarse para refugiarse de algún compañero molesto, o simplemente para ser acogida, le sería más fácil girar la vista hacia el sitio de la maestra, o ir hacia allá, porque sabría dónde encontrarla. Cuando la maestra se mueve mucho, el niño la busca y no la encuentra, y entonces se siente indefenso y poco amparado. En una sencilla investigación realizada en una escuela infantil de Barcelona,² se comprobó que el ambiente del grupo era mucho más tranquilo cuando la maestra estaba sentada un rato largo, aunque las maestras confesaron que les había costado un cierto esfuerzo quedarse quietas, por el hecho de que no habían previsto lo suficiente las situaciones en las que necesitarían desplazarse para resolver cuestiones previsibles y evitables. 7. Seguridad y salud Las actividades cotidianas son los hitos que enmarcan el ritmo del tiempo del niño en la escuela infantil: alimentación, descanso e higiene personal. El tiempo restante se llena con las actividades de juego. En todas las actividades, los objetos al alcance de los niños y niñas deben garantizar la higiene y la ausencia de peligros, condiciones necesarias para su salud física y emocional. El equipamiento y los objetos con los que conviven los niños y niñas tienen que ser seguros. Con el afán de exploración que tienen los niños y niñas, no podemos correr el riesgo de imprevistos. Si un objeto no nos parece lo suficientemente seguro es mejor que no lo dejemos a su alcance si no podemos supervisarlo continuamente. Hay que observar la actitud de cada niño, que indica su seguridad emocional. La desgana a la hora de comer, la falta de iniciativa en el uso de los objetos de juego, o la inactividad, por ejemplo, pueden ser signos que manifiesten algún problema de salud o de inadaptación. Debe compartirse con la familia, informando, pero respetando al máximo sus puntos de vista. 8. La actividad Durante la mayor parte del tiempo la actividad de juego es libre, quien hace la actividad es el niño o niña. La maestra solo presenta la oferta del material, una oferta amplia y diversificada, con material suficiente para todos, rico y variado, y ellos son los que escogen y deciden qué hacen con el material que han encontrado a su alcance. Observar los diferentes intereses de los niños y niñas permite a la maestra decidir qué ofrece la próxima vez, así puede preparar y variar periódicamente, según el uso y el interés que ellos demuestran. El material no debe estar constantemente a la vista de los niños y niñas, no hay que ofrecer siempre el mismo. Hay objetos que «desaparecen» y vuelven a aparecer un tiempo después. Entonces suscitan un nuevo interés. Un niño puede utilizar un mismo material con diferentes finalidades en momentos diferentes de su evolución. Es conveniente, pues, tener un «almacén» en el que descanse todo el material a la espera de ser ofrecido cuando sea conveniente. Es una buena ocasión para revisarlo, limpiarlo y arreglarlo si es necesario. Pero no siempre se da este ambiente de paz y de tranquilidad que permite a cada cual estar positivamente ocupado haciendo lo que le place. A veces el ambiente del grupo se enrarece, la atmósfera de calma de la sala cambia. Es entonces cuando interviene la acción de la maestra para devolver la tranquilidad a los niños y las niñas, y para dirigir una actividad. Puede hacerlo con todos los niños y las niñas o solo con un pequeño grupo, los que están más excitados, y dejar que el resto sigan tranquilamente, porque están ocupados sin problemas. Puede cantar una canción, explicar un cuento, acompañado –o no– de gestos y movimientos, o bien sugerir cualquier otra actividad adecuada a la edad y al momento en el que aparece la situación de desasosiego. Es conveniente recordar que, especialmente en el primer año de vida, o cuando los niños y niñas empiezan a explorar los objetos, lo hacen con todo el cuerpo, con las manos, con los pies, y sobre todo con la boca, que es la zona del cuerpo más desarrollada para el tacto. Es necesario, pues, permitir que se lleven las cosas a la boca, actitud que muchas veces crea un problema al adulto porque piensa que el niño puede hacerse daño, y se lo prohíbe: «¡No, a la boca no!» Es por ello que, para evitar cualquier problema, no solo el material ofrecido debe ser seguro, sino que la maestra no tiene que perder de vista en ningún momento la acción de cada uno de los niños y niñas. Con el paso del tiempo, es necesario también remodelar el espacio y cambiar la distribución de los materiales en consonancia con el crecimiento del grupo. 9. Detalles de vida cotidiana Hay que dar a las «pequeñas cosas» de todos los días la importancia que merecen y tener en cuenta los detalles que dignifican al niño, como: No tolerar que lleve un zapato desatado, o un vestido roto. Al cogerlo en brazos, evitar la brusquedad de movimientos y las prisas. A la hora de comer, tener en cuenta la cantidad que cada cual puede asumir. No forzar al niño o niña a comer más de lo que puede y no hacer nunca de la comida un motivo de enfrentamiento. Cuando la criatura muestra desgana, descubrir las causas. Favorecer el descanso al máximo, dejando dormir a cada criatura todo el tiempo que necesite. No ponerla a dormir nunca con zapatos. Asegurar que lleva ropa cómoda y que tiene la temperatura ambiental adecuada, que no pasa frío. Durante el cambio de pañales, no distraerlos con un juguete sino hablarles de lo que se les está haciendo y pedirles colaboración. 10. Dos reglas de oro: estabilidad y regularidad La estabilidad y la regularidad son dos aspectos esenciales que conforman la seguridad emocional de los niños y niñas dentro de la pequeña colectividad que es la escuela. Hay que velar sobre todo para que las relaciones humanas sean estables. Cuando se forma un grupo nuevo, hay que procurar mantenerlo con los mismos niños o niñas durante toda su estancia en la escuela infantil. El número de miembros del grupo puede ampliarse, por ejemplo si llega un niño nuevo, pero no separando a niños de un grupo ya constituido. También es necesaria la continuidad de la maestra que se ocupa de ellos. Esta se convierte en la persona de referencia para cada uno de los niños y niñas del grupo y avanza con ellos cada curso. Un niño pequeño aún no sería capaz de entender por qué se le aleja de «su» maestra y de «sus» compañeros. Por ello no hay maestras especialistas en primer, segundo o tercer año de vida, sino maestras especialistas en educación de niños pequeños. Continuidad del espacio de vida. Puede mantenerse la misma sala durante los tres años de estancia del grupo en la escuela infantil: el equipamiento varía al ritmo de crecimiento de las necesidades infantiles, pero permanece en el mismo espacio. Este es un factor de seguridad: el espacio propio. La regularidad es imprescindible en todos los actos esenciales de la vida en grupo. La noción de tiempo se aprende con la regularidad. La repetición sistemática de un mismo hecho permite profundizar en su conocimiento. El tiempo no se percibe con los sentidos sino a través del movimiento, de la propia actividad. El paso del tiempo se aprende con los hechos que se repiten diariamente de una forma similar. El niño todos los días va a la escuela, juega, come, se encuentra a los mismos compañeros, a la misma maestra. El lenguaje adulto corrobora estas secuencias: «hoy», «mañana», «ayer hiciste»…, y ayuda al niño a formarse el concepto de tiempo. Hay que respetar los horarios, sobre todo los que marcan las actividades esenciales del día, la alimentación, el sueño, la higiene y el juego. Es necesario que haya regularidad en los criterios de actuación ante situaciones similares. La regularidad no significa inflexibilidad, al contrario, con los niños y niñas hay que ser regularmente flexible. Por eso es importante la coordinación de los miembros de un equipo de maestros que adopta unas mismas formas de actuar ante situaciones concretas. En este tema, en las escuelas sería conveniente que hubiera un medio muy claro para actuar de forma coordinada todos los miembros del equipo de la escuela, y especialmente debería incluirse en esta coordinación a las personas que hacen suplencia, que deben conocer cuáles son los criterios de la escuela y saber aplicarlos. Pepa Òdena, maestra de maestros Notas 1. La mirada y la altura de las personas. Dibujo de Marta Elias, extraído de Projecte d’escola bressol al Comú de Sant Julià de Lòria (Andorra), Barcelona: Associació de Mestres Rosa Sensat, 2003. 2. Òdena, P., y equipo de la Escola Infantil El Cargol. On ets? El nen petit busca el mestre. Barcelona: Ajuntament-Patronat Municipal de Guarderies, 1986 (col. Apunts d’Escola Bressol, núm. 2).

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