Editorial. Maestras y maestros en pie de guerra
revuelta: f. Levantamiento o revolución popular contra un poder establecido o una autoridad. Implica un desorden o agitación colectiva que busca un cambio social o político.
El desorden y la agitación son patentes, basta echar un vistazo a las redes sociales de cualquier parte para encontrar territorios y maestros levantando la voz. El cambio social y político, por el contrario, parece, como siempre, una palmadita en el hombro y una serie de promesas que nunca llegan a ninguna parte. Y así seguimos desde donde nos alcanza la memoria. Nuestra sección de referentes recoge, en cada edición, luchas históricas de los docentes de todas las comunidades para dignificar esta profesión nuestra.
Que las personas que trabajan en las escuelas tengan que situarse en un contexto de revuelta nos muestra la poca capacidad de escucha de nuestro país. Por todas partes se hace visible que hacer piña es más necesario que nunca, sobre todo cuando las cosas van mal. Porque educar no es solo transmitir conocimientos, sino sostener a toda una sociedad. Cada escuela, cada aula y cada niño es un pequeño reflejo del mundo, con sus desigualdades, sus esperanzas y sus contradicciones. Cuando el sistema educativo se debilita, no solo lo hacen los centros o los profesionales que trabajan en él, sino también el futuro colectivo. Por ello, la revuelta no se entiende como un acto aislado o puntual, sino como una respuesta legítima ante una situación que se ha ido tensionando con el tiempo.
Las voces que se levantan no lo hacen desde el capricho, sino desde la experiencia cotidiana: aulas masificadas, falta de recursos, dificultades crecientes para atender la diversidad y una burocracia que a menudo aleja de la tarea esencial de educar. Todo ello construye un escenario en el que la sola vocación ya no basta para sostener el sistema. Hacen falta condiciones dignas, leyes empáticas, apoyo institucional y una mirada a largo plazo.
Esta revuelta también interpela al conjunto de la sociedad. No es solo una cuestión interna del mundo educativo, sino un debate colectivo sobre qué modelo de país queremos construir. Sobre prioridades sociales. Hacer piña, pues, va más allá de un eslogan. Significa reconocer que los retos actuales son compartidos y que también las soluciones tienen que serlo. Cuando varios sectores se unen, se construye una fuerza capaz de traspasar fronteras profesionales e ideológicas. En definitiva, lo que se reclama no es ningún privilegio, sino un derecho básico: una educación pública de calidad, accesible y dignificada. Una educación que no solo responda a las necesidades del presente, sino que sea capaz de anticipar el futuro. Porque educar es, en esencia, un acto de confianza colectiva, y esta confianza solo se puede mantener si existe un compromiso real y sostenido por parte de todos.
Lidia Ferrer y Eva Sargatal, directoras de Infancia
«Cuando el sistema educativo se debilita, no solo lo hacen los centros o los profesionales que trabajan en él, sino también el futuro colectivo.»