Educar de 0 a 6 años. El sustento del clima en la educación infantil Lugares, relaciones y procesos en calma

Parece que la vida no nos permite el lujo de reclamar la calma. Incluso a veces el hecho de aparentarlo genera cierta alarma y se percibe como algo inadecuado en una sociedad que vive acelerada, planificando el futuro mientras navegamos en las turbulencias del presente. ¿Acaso no tenemos oportunidades y la necesidad para el aquí y ahora? ¿Y si realmente quien no existe es el presente o no tiene valor? ¿Puede y debe la escuela rescatar los placeres de la calma? ¿Puede esta existir sin que pensemos y sintamos intensamente cada momento que transcurre entre nosotras?


Un sereno caminar en la escuela
Las escuelas infantiles no son ajenas a todas estas preguntas y son muchas las educadoras que sentimos la necesidad de compensar con tranquilidad, silencio y escucha una realidad absorbida por el remolino de las prisas. Los niños y las niñas apenas viven un clima cotidiano de serenidad, y la educación la necesita para enmendar la excitación que produce la hiperactividad de las personas adultas en su exhibicionismo por demostrar que enseñan.

Seguramente pararse y darse un respiro en esa vorágine tiene efectos sanadores y esclarecedores para enfilar el rumbo educativo. No es fácil tomarse esa pausa, pero tal propósito es esencial para transformar estructuras espaciales, temporales y, fundamentalmente, de trato en las relaciones. Así que, como nuestra labor implica un profundo compromiso, invirtamos ilusión y energía en sentir, pensar y mejorar el transcurrir de los minutos cuando estamos con y para las criaturas.

Cuando estamos en la escuela necesitamos un tiempo que no nos empuje a acelerar el ritmo. Por estas y otras muchas razones, hablar de los espacios educativos no se puede hacer sin considerar el tiempo. Además, una gran referencia para comprender cómo este transcurre proviene de la observación de la propia evolución de los animales y las plantas del entorno. Vemos cómo crecen y cumplen sus ciclos vitales, inspirados por los periodos estacionales y transformando sus características mediante su pausada y continua danza colectiva. El suceder de la vida a lo largo de las cuatro estaciones no comprende de relojes, sino de ciclos, de procesos vitales que parecen rituales, como el brotar de los árboles, los cortejos de las aves o la búsqueda del descanso en otoño. Son procesos rítmicos, casi ritualizados, secuenciados y con una gran armonía en el tránsito entre los diferentes eventos. En gran medida, resulta una sugerente inspiración para configurar el marco temporal y mejorar el ambiente educativo.

Un lugar que nos inspira
Además de que el tiempo apremia, en ocasiones se mantiene a los niños y las niñas bajo la creencia de las cuatro paredes garantes de la seguridad y de los suelos sintéticos, alejándoles de la tierra, del agua, de la vida que contienen, así como de aquellas relaciones humanas que ahí puedan establecerse. Pero no caigamos en el error de creer que solo con salir al aire libre ya es suficiente. No se trata de una cuestión de ubicación o del espacio en sí mismo, sino del clima, del ambiente generado.

Por lo tanto, estar carece de significado si no se conjuga con el ser. Es lo que realmente conforma la trascendencia de educar. Es decir, no es solo el qué hacer sino el cómo, y en nuestra actitud y desenvolvimiento en los diferentes acontecimientos es donde somos realmente educadoras implicadas con escucha, ternura e ilusión.

Entonces, en cada situación, ¿cómo estoy en el lugar?, ¿qué permito?, ¿qué genero?, ¿quién soy para los y las demás?, ¿quién soy para mí misma?, ¿cómo considero y me relaciono en y con el transcurrir de lo cotidiano?, ¿soy ajena al tictac y me olvido del crono para aprender del latido visible del afuera?

A nuestro alrededor existen escuelas con prados, arbolado, jardines, parterres o hierba. O parques cercanos que, si bien no forman parte de sus zonas exteriores, pueden transformarse en espacios para la reconquista. Encontrar niños y niñas en horario escolar en lugares que no son de la propia escuela proyecta un significado reivindicador que amplifica el significado de la ubicación y de la comunidad, permitiéndoles, al mismo tiempo, asombrarse con un animal o cobijar sus juegos bajo la majestuosa sombra de un árbol.

En sintonía con lo expuesto anteriormente, si queremos una educación expansiva que se nutra de lo que hay más allá de sus límites iniciales, es necesario acoger la inspiración de los exteriores y un tiempo en calma como una oportunidad para enriquecer nuestra práctica y el ambiente educativo en su conjunto. Porque necesitamos una mirada integral donde la dimensión espacio-tiempo que disfrutamos en cada momento la consideremos trascendental en cada niño y niña.

En consecuencia, contemplamos, a modo de estructura para el análisis, los siguientes ámbitos:

  • El lugar natural de las relaciones enriquecedoras
  • El tiempo cualitativo y los biorritmos
  • La incertidumbre y el asombro

El lugar natural de las relaciones enriquecedoras
El lugar del encuentro afectivo no es exclusivo de un determinado espacio. Tampoco es un espacio medible y cuantificable, sino un espacio virtual propio de la relación de apego establecida entre las personas. Indepen­dien­te­mente del lugar, y en cualquier situación cotidiana que se trate con sensibilidad, se genera con toda naturalidad ese vínculo como base fundamental del bienestar y desarrollo de niños y niñas. Pensemos en nuestra disposición corporal, en la mirada y el acompañamiento verbal, en las caricias y los abrazos, en la complicidad de las risas y la ternura del consuelo.

Además podemos aprender para saber ser y estar de todo lo que nos brinda la naturaleza o de aquellos patios que han dejado de serlo para transformarse en jardines, en los que surgen multitud de relaciones con una profunda conexión, como la que se establece entre una niña y un insecto que ignora ser observado, con un charco que seduce para que se adentren en él, o con las flores que, con el lenguaje de sus colores y aromas, nos atraen con sutileza a escuchar sus dulces armonías. Por lo tanto, relacionarse no es únicamente una cualidad humana. Forma parte de cualquier atisbo de vida, evidente cuando animales y plantas establecen relaciones simbióticas para poder sobrevivir.

Gracias a la consideración admirable y frágil de aquello que nos rodea, podemos ver a niños y niñas en acción e interacción en multitud de situaciones de la vida cotidiana, por lo que estos lugares y experiencias cobran sentido pleno. De ellos podemos aprender para saberlos tratar con la delicadeza, la protección y el cuidado que se merecen en estas edades.

El tiempo cualitativo y los biorritmos
Si reemplazamos el tiempo cronológico por ritmos cualitativos impregnados de diferentes rituales y procesos continuos, podemos vivir sin prisa y a la vez con mucha intensidad. Así evitaremos vivir bajo el estresante paraguas de lo que viene después y pasaremos de programar el tiempo a establecer planes de vida, sintiéndonos nosotras y las criaturas bajo el resguardo de la calma.

En este ambiente generado, tenemos el tiempo necesario para jugar, sentir, observar, pensar, conversar, narrar y aprender viendo y viviendo. Como ejemplos, cuidar y ver crecer flores y plantas, los tan extendidos gusanos de seda, observar la cría de unas golondrinas, un hormiguero, etc. En este tipo de acontecimientos hay un transcurrir temporal que no entiende de las prisas, y de aquí surge el cuidado y la delicadeza en las relaciones, incluso el aprender a cuidar para ser cuidado y cuidadoso con los demás.

Esta relación armónica que se genera en el ambiente se alimenta del valor que tiene cada instante, gracias a una mirada por la infancia que, en un permanente trabajo de reflexión y acción, ofrece una educación que valora los sucesos cotidianos.

La incertidumbre y el asombro
Salir al otro lado del muro siempre es una aventura donde los niños y niñas y las educadoras salimos a navegar entre las incertidumbres y las sorpresas. No obstante, es importante aclarar que estar dispuesto a sorprenderse no puede confundirse con la improvisación. Es decir, se requiere de escucha, mirada y ternura, creatividad y una gran intencionalidad que permiten disfrutar y aprender de la realidad más pura y de los descubrimientos fortuitos que asombran a los niños y que las educadoras aprovechamos para tirar del hilo.

Con este fundamento configuraremos el ambiente que permite y posibilita estar con libertad en un espacio donde puede suceder cualquier acontecimiento. Muchos son fortuitos e inesperados, y se reciben con intensas emociones como el asombro y la sorpresa, las cuales predisponen a los niños y las niñas a aprender y a introducirse absolutamente en ese descubrimiento. Son innumerables, pero sucesos como descubrir un hormiguero, una cría de pájaro, o descubrir el canto de un grillo, debemos atenderlos para educar en lo imprevisible y en la belleza de lo efímero.

El significado del silencio y el detenimiento
Cuánto ruido hay en esos patios capaces de ensordecer la propia naturaleza. Cuánta agitación percibimos en los patios de cemento capaces de intimidar a cualquiera. Sin embargo, al aire libre, cuántos sonidos se presentan. Un prado, un jardín o un bosque presentan calma y silencio, pero están llenos de una sonora armonía capaz de establecer con los niños y las niñas un afectuoso diálogo. Ahí el silencio es el lienzo de las melodías.

El detenimiento es el asiento que sostiene la atención y la intención, pero, con una infancia que se encuentra sobreexpuesta a las pantallas, los sonidos, los aprendizajes precoces y otras tareas, el aire libre toma una vertiente a veces terapéutica ante ese déficit de contacto manipulativo, afectivo y sensorial que existe en esta sociedad. Así que la escuela ocupa el lugar privilegiado para ser ese lugar amable y acogedor para niñas y niños, en el que el buen trato es su fundamento, gracias a educadoras que cuidan los detalles de la expresión, de los tiempos para hablar, escuchar y observar, construyendo en el día a día un ambiente equilibrado, sosegado, hogareño.

La narrativa para la dignificación del ahora
La educación infantil implica actuar, sentir y pensar, enlazando a partir de la narrativa la memoria emocional y pensante con el corazón de cada persona. Si la experiencia nos cautiva, la vivencia impregna nuestro ser, acompañado de la pérdida de la noción espacial y temporal producto de la propia fascinación. En ese espacio virtual la infancia aprende, crea, interioriza profundamente.

Vivir al aire libre significa colectivizar y compartir, en un lugar donde las vivencias son mucho más placenteras y profundas cuando tenemos la oportunidad de contarlas al mundo. Ahí está el verdadero desarrollo, en el fecundo sustrato de la pasión para descubrir y contarnos ese infinito repertorio de vivencias.

Narrar implica rescatar un acontecimiento de la sombra para tomar conciencia del acto y de las emociones vividas. Pasado el tiempo, rescatarlo permite percibir y revivir emociones y experiencias, en un ejercicio de contraste entre el yo de ahora y el yo de aquel momento que se relata. Significa también compartir con los demás experiencias únicas y efímeras, y a la vez inmortalizadas por el proceso narrativo.

En la propia conjunción entre la entrega personal, el paso del tiempo y el soporte relator, se encuentra la consciencia de la propia existencia. Relatar otorga la oportunidad para proyectarse y autorreflexionar acerca del yo, de los demás, de aquellas experiencias y de la propia vida.

Reflexionar y compartir como un continuo
En general, se percibe la necesidad de mejorar el sustrato educativo, siendo al mismo tiempo conscientes de que las medidas oportunas para ir mejorando son muy complejas porque formamos parte de una sociedad sumamente competitiva, resultadista y cortoplacista. Es difícil pensar en la aplicación de soluciones inmediatas y absolutas, además, ya que estamos en manos de decisiones políticas muchas veces opuestas a las necesidades de la infancia.

Las educadoras que desdibujan la clausura que transmiten las vallas y los muros, y aprovechan los recursos del campo y el barrio, conciben a niños y niñas como personas capaces de reclamar derechos gracias a la contundente presencia de la espontaneidad de sus actos. No se trata solamente de encontrar el camino para el cambio en cuanto al aprovechamiento del espacio y la concepción del tiempo, sino de que tenga ese anhelado olor que cada día nos traslade a dimensiones de esperanza, de cambios educativos, políticos, sociales.

Reflexionar y compartir son la valiosa herramienta para iniciar la construcción de nuestra nueva realidad, aquella que se sustenta en el corazón de todas las personas que conviven en la complejidad de la educación infantil. El espacio, el tiempo, los edificios…, sí, es necesario romper muros y vivir de manera más humana, pero es imprescindible sentirlo, comprometerse y aventurarse en el recorrido vital y cambiante que significa dibujar la educación que la sociedad necesita.

En definitiva, tenemos una oportunidad servida en cada instante. Solo es cuestión de embarcarse a recorrer la vida con menos relojes en la muñeca y con más cielos y brisas como cobijo. Continuemos construyendo para que sigamos manteniendo la pasión y el interés por defender el derecho a jugar, a reír, a llorar, a relacionarse, a estar y sentirse protegidos y verdaderamente libres en una sociedad que cada día lo pone más difícil.

Para lograrlo, que el aire libre forme parte de nuestra cotidianidad y podamos inhalar aire pleno de entusiasmo, para posteriormente sustentar con la exhalación de cada uno de nuestros actos el clima que la infancia se merece.

Sergio Díez Pérez, maestro de educación infantil
del CEIP Dobra, Viérnoles (Cantabria) sergiodiezperez@gmail.com

 

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