escuela 3-6. El pasaporte de mi libro viajero

Cuántas veces hemos oído eso de «los niños necesitan cosas concretas y cercanas», y qué pocas veces estas razones se ven reflejadas en los dibujos animados que se diseñan para ellos.

Es cierto que los niños y las niñas tienen problemas con los conjuntos incluyentes, pues todo aislado, ¿no? Una vez más subestimamos sus capacidades, y por eso hace unos años unas compañeras y yo comprobamos cómo nuestros niños de diversas edades entre Infantil y tercero de Primaria eran capaces de confeccionar un pequeño croquis o callejero de su población, e incluso redactaron un folleto publicitario.

Pues bien, esto es otra vuelta a la rosca. Estamos en Infantil, con una población inmigrante que ya alcanza más del 40 %. Estos alumnos nos traen a clase nuevos nombres, costumbres e ideas diferentes. Existen, por tanto, otros mundos a explorar como haría el Principito, otros planetas o vidas dentro de los nuestros. Los niños y niñas lo entienden. ¿Puede resultar tan extraño hablar de Marruecos, Colombia o China? ¡Claro está que no!

No se trata de crear eruditos en geografía, sino de ampliar miras y comprender algo más de ese numeroso mundo que nos rodea. Pues nada más fácil que empezar por nosotros mismos. Muchas de las personas que trabajamos en Infantil hacemos partícipes a los padres con los libros viajeros. Les mandamos a dibujar, recoger poesías, chistes, recetas, anécdotas, y por qué no mandarles a casa un libro para rellenar con los viajes de las familias, convirtiéndolo en un verdadero libro viajero.

Cada familia narra y aporta fotografías de sus viajes y de los lugares de procedencia de sus familias, y no os sorprenderá que hablemos de «españoles por el mundo». Y aunque ya se nos había olvidado ahora con la crisis, lo retomamos. ¡Hemos viajado, y mucho!

Las primeras ideas para el proyecto Pasaporte de forma anual fueron:

  • Comprar mapamundis, bolas del mundo y mapas de Europa y España (al final los dibujamos).
  • Preparar un dosier pasaporte para cada niño y niña, para cada vez que se mencione
    algún país mediante un autor, personaje, alumno…
  • Preparar carpetas archivadoras con nombres de los países que más hemos utilizado:
    guardamos allí toda la información recopilada.
  • En el mapamundi se coloca un gomet en cada país visitado.
  • Leer cuentos y recetas típicas de cada país en el libro Las recetas del cocinero.
  • Completar las fichas de cada dosier.
  • Colorear banderas de cada país.
  • Hacer sellos con patatas o corchos para sellar nuestros pasaportes.
  • Invitar a alguien de otro país que nos cuente cosas de ese lugar.
  • Aprender a reconocer las tarjetas de los nombres de las ciudades
    o países y buscarlos sobre el mapa.
  • Identificar las zonas horarias. Ejemplificar con la bola del mundo
    y la linterna por qué en unos países es de día y en otros de noche a la vez.
  • Ver las zonas cálidas y las frías cercanas al Ecuador o a los polos.
  • Descubrir los monumentos más típicos de cada lugar. Colorearlos.
  • Desarrollar en algún taller alguna receta extranjera.
  • Descubrir el medio de transporte necesario para poder llegar a ese país.
  • Jugar con el dvd interactivo del atlas.
  • Utilizar el Google Earth para acercarnos a los países.
  • Pensar en las cosas que deberíamos llevar para viajar a ciertos lugares.
  • Conocer algunas palabras, como por ejemplo los saludos, en los diferentes idiomas.
  • Podemos comenzar hablando sobre todas las nacionalidades de los niños y niñas de clase o de Infantil.
  • Cuando aparezca alguna noticia en prensa, recortarla y pegarla en los dosieres sobre los países.
  • Si algún alumno viaja, que nos traiga fotos o un vídeo del viaje.
  • Inventar más…

Todas las semanas, el libro descubre cómo las familias de nuestros niños y niñas, que, por ser un centro en un medio rural, parecen no haber salido de allí –muchas veces por problemas económicos para el viaje de placer–, en cambio sí que han viajado por trabajo, y a menudo lo han hecho por generaciones. Así, iban saliendo nombres de poblaciones, ciudades y países, algunos de los cuales se repetían. Pensamos que la mejor manera de ir cuantificándolo y recordándolo era hacer unos mapas donde, cada vez que leyéramos el libro viajero, el niño protagonista pudiera poner un gomet –con nuestra ayuda– sobre los nombres que se habían mencionado. Pronto nos dimos cuenta de los lugares por los que se habían movido más nuestras familias. Muchos provenían de Andalucía y la Comunidad Valenciana –normal por ser las zonas más próximas a Murcia–, y otros habían emigrado por oleadas a Barcelona, Mallorca, Madrid, y, fuera de nuestras fronteras, a Francia, Bélgica y América, en busca de trabajo y oportunidades para sus familias.

A medida que el libro crecía, también crecía el árbol genealógico: surgían los nombres de abuelos y bisabuelos y se hablaba de sus estilos de vida. Esto nos dio la oportunidad de trabajar los transportes, y sugerimos que nos explicaran en qué viajaban: tuvimos desde carros de mulas a motos, coches, camellos, antiguas furgonetas, con fotos y todo, ¡maravilloso! Hasta vimos barcos de vapor y parejas de novios montando en globo… Cuántas posibilidades, ¿no?

A medida que pasaba el curso, nos dimos cuenta de cómo el trabajo se ampliaba y al final se convertía en el hilo conductor de casi tres cursos; es decir, de una promoción.

Quedaban puntos sueltos: si salía el nombre de una ciudad, queríamos localizarla en el mapa; si se hablaba de un músico, la pregunta inmediata de nuestros niños y niñas era «de dónde es». Tuvimos que añadir una especie de pasaporte de la clase en el que los niños rellenaban los datos, hacían listas de personajes que vivían en un mismo país, etcétera: cualquier tema del curso se podía relacionar con un lugar. «Los animales del polo Norte dónde están»: con la ayuda del Google Earth y de nuestra pantalla digital, aterrizábamos en un bloque de hielo casi por arte de magia. Viajábamos con las noticias de los periódicos… pero qué tristeza comprobar las malas noticias de los países del mundo (era eso o el fútbol).

También tuvimos otras ayuditas, como la de la seño de inglés, que nos contaba cómo, de tanto hablarse inglés en muchos países, al final nos han contagiado sus costumbres, y hemos cambiado la Castañada por los vampiros y las brujas de Halloween, hemos incorporado nuevas fiestas fruto de la interculturalidad.

Uno de los objetivos que no me había propuesto, pero que más satisfacción me produjo, fue en el ámbito emocional. Si se quiere que nadie haga diferencias con los compañeros inmigrantes, era fácil que nos diéramos cuenta que «al fin y al cabo todos éramos viajeros del mundo». Cuando leíamos los escritos de las familias extranjeras, donde manaba el dolor con el que uno sale de su tierra por la esperanza de conseguir oportunidades de mejorar, de cambiar para mejorar sus vidas, y los podíamos comparar con escritos de nuestros padres o abuelos que también se habían sentido extranjeros en tierra extraña, ¡eureka!, ya estaba: todas las familias queríamos lo mismo, el corazón de los padres resultaba tener el mismo color.

 

Superadas estas fases, algunos sentían mucho interés por los mapas: jugábamos virtualmente con juegos interactivos de mapas como El gran atlas del pequeño aventurero, directamente con el Google Earth; la bola del mundo aparecía de repente como un buen regalo de Reyes.

«Dónde estamos nosotros?» «¿Nos rodea el agua?» «¡Vamos a dibujarnos!» Aparecían dibujos del mapa de España, sin copia ni calco salvo la mirada atenta, que me parecían maravillosos, aunque nos faltase algún cabo o golfo.

Y razonar, por ejemplo razonar si quiero salir de España: en qué puedo viajar para ir a África, qué utilizaré, qué medio puede ser más rápido, más lento. Si vivo en una isla, ¿tengo las mismas elecciones?

Pudimos pensar, comprender, buscar soluciones durante tres cursos…

Y mejoró nuestro conocimiento del entorno aunque el mundo es muy grande, y nuestros conocimientos lógico-matemáticos, de orientación espacial, de plasmación en el papel. Las informaciones nuevas se iban relacionando con todos los temas: los animales de las distintas zonas, el otoño o la primavera, el distinto color de las hojas de las plantas, las fiestas, los alimentos con distintas recetas del mundo, su gastronomía, los personajes de paz de todas las culturas, los tipos de casa del mundo y sus materiales (al hablar de eso construimos una maqueta de nuestro pueblo y nuestras casas).

En definitiva, aprendimos que existe un gran mundo ahí fuera, para todos, y para todos diferente, que merece ser conocido.

Quiero finalizar agradeciendo a mis compañeros Diego, Ana, Marisol, Inma y Encarna que hicieran posible la prolongación de esta dinastía del libro viajero durante varios cursos para que cada vez creciera y viajara más.

Ahora lo cedo, lo entrego para reposar de mi viaje, para que otros sigáis escribiendo. Como en una película querida por mí, la trilogía de El señor de los anillos, rezaban los últimos apuntes de un libro: «Final y retorno, viaje de…».

María Cecilia Morales, coordinadora
de Educación Infantil, CEIP Nuestra Señora
del Rosario. Ramonete, Lorca (Murcia).

 

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