Qué vemos, cómo lo contamos. Mi nombre abre una puerta

Desde pequeños, muy pequeñines, ya les hacemos nidos de palabras con rimas, canciones, juegos y dichos, que, sin apenas entender, les van acercando a sonidos familiares, afectos cómplices, risas repetidas, rutinas necesarias y arrullos que los calman.

Son palabras que ellos irán buscando, ensayando, pronunciando, reclamando y usando para satisfacer sus deseos y conocer el mundo.

Si la palabra comienza rodeada de afectividad, también debe llevar este necesario y sutil ingrediente cuando comienza el aprendizaje de la escritura, que puede llegar con estrategias muy variadas y en las que nunca debe faltar el nombre de los protagonistas.

Leer y escribir su nombre es una alegría, un logro, como el primer pasito, y supone una motivación que conducirá al conocimiento de otros muchos nombres y otras muchas palabras.
Su nombre es una puerta que les abre al mundo de las letras, sin tener que darles paso bajo un orden riguroso, más bien, al ritmo que da el afecto de los nombres de los otros niños y niñas, de los nombres de su familia, de los rótulos cercanos, de las etiquetas de cada día en los botes y cajas de casa, de los carteles de las calles por las que pasamos…

Su nombre abre una puerta para desvelar el secreto de las palabras escritas.

Dime tu nombre
Y te haré reina en un jardín de rosas.
Duncan Dhu

Ana Nebreda, Consejo de Redacción de Infancia en Extremadura

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