Jean-Jacques ROUSSEAU y la inspiración de su rol en la relación entre naturaleza y educación

La perspectiva pedagógica de Jean-Jacques Rousseau está influida por la naturaleza. Es su medio esencial. Aparece con varias dimensiones, sobre todo en su libro Emilio, o De la educación. Podemos recorrer su obra para comprender su visión del niño y el método que sigue.

 

Jean-Jacques Rousseau

Filósofo francés nacido en Ginebra en 1712, Jean-Jacques Rousseau tuvo una vida digna de una novela, llena de aventuras y desventuras. Ejerció varios oficios: tutor, ayuda de cámara, secretario de la Embajada en Venecia, copista y músico. Escribió óperas, entre las que se cuentan Les muses galantes y Le Devin du village. Fue, ante todo, un hombre de letras. Produjo obras sobre filosofía, política, educación, moral y también novelas. Filósofo en el siglo de la Ilustración, publicó numerosas obras, entre ellas El contrato social y Emilio, o De la educación. Ambas publicadas en 1762, se complementan la una a la otra en cuanto la educación de Emilio debería tener como resultado el buen ciudadano del que habla El contrato social.

En Las ensoñaciones del paseante solitario, Rousseau expresa una relación de fusión con la naturaleza, que es, para él, un refugio. Herbolario y gran caminante, a menudo criticaba la ciudad, su suciedad y la mentalidad superficial de sus habitantes. A lo largo de su vida a menudo residió en el campo, recorrió a pie los bosques y los caminos de Francia y pasó varias semanas en una isla en medio de un lago de Suiza. Murió en 1778 en Ermenonville, Oise, donde se encuentra su tumba, en un parque.

 

Rousseau, naturaleza y educación

Su libro Emilio, o De la educación ha influido en los educadores durante siglos desde que se publicó por primera vez en 1762. Cada uno de los cuatro “libros” o capítulos, basados en la infancia y la juventud, representa distintos estadios de la educación de Emilio, donde retrata cómo su discípulo debería vivir y ser educado. El libro termina con un quinto capítulo sobre la educación de las mujeres basado en la que ha sido elegida para ser la futura esposa de Emilio, Sofía.

La organización del libro en distintas etapas anticipa la aproximación que adoptarán los psicólogos, en los años posteriores, a la hora de describir los distintos estadios del desarrollo infantil. Esta organización no es arbitraria, porque Rousseau sitúa al niño en una dimensión natural y, como los plantas, se desarrolla en un contexto adecuado.

Durante su infancia, Jean-Jacques comparte su entusiasmo cuando, acogido por su tío, descubre la naturaleza: “Tan nuevo era el campo para mí, que no podía cansarme de él, y le tomé una afición que no se ha extinguido jamás” .[i] Este encuentro con la naturaleza es paralelo al encuentro con su primo. “Es inapreciable el bien que debí a la sencillez de la vida del campo, abriendo mi corazón a la amistad.” Así, su aproximación a la naturaleza está ligada a una relación feliz. ¿Es posible de otro modo? “Enviad vuestros niños […] al campo” [ii], nos dice, para luchar contra los impactos negativos de la ciudad.

Ecologista avant la lettre, Rousseau critica al hombre que destruye la naturaleza, que “mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones, mutila su perro, su caballo y su esclavo […], no quiere nada tal como ha salido de la naturaleza, ni al mismo hombre, a quien doma a su capricho, como a los árboles de su huerto”.

Así empieza Jean-Jacques Rousseau el primer capítulo de Emilio, o De la educación. El hombre no solo destruye la naturaleza, sino que niega la dimensión natural del niño.

Emilio será criado en el campo con los campesinos. El consejo de la nodriza de Emilio para amamantar a un niño sigue siendo sorprendentemente actual hoy día: “La leche de las hembras herbívoras es más dulce y más saludable que la de las carnívoras” [iii].

 

La naturaleza del niño

¿Qué nos dice sobre esto? “Desde que nace, el niño ya es discípulo no del ayo, sino de la naturaleza” [iv] O sea, de su fuerza interior, la que lo guía para crecer, para saber, para adaptarse.

La idea de que el niño tiene unas posibilidades de desarrollo propias no es nueva. Comenio (1592-1670), un pedagogo checo, nos dice que el niño es como una semilla que posee todo el potencial que necesita para desarrollarse: “Aunque en el momento no exista la figura de la hierba o árbol, en realidad de verdad hay en él un árbol o hierba […]. Nada, pues, necesita el hombre tomar del exterior, sino que es preciso tan sólo desarrollar lo que encierra oculto en sí mismo” [v].

La educación es por lo tanto el momentum de desarrollo de la vida del niño con todas las posibilidades que lo habitan. Para Rousseau, el educador se convierte en un jardinero, justificando que en el proceso educativo es necesario respetar la naturaleza del niño. Conoce la planta –el niño– y la sitúa en un contexto donde pueda crecer por sí misma. Dicho esto, el tutor, a quien Rousseau llama Juan Jacobo, está constantemente con Emilio para explicarle lo que descubre. “Por uno mismo” no significa “solo”.

Es un giro de 180° respecto a la práctica educativa que considera al niño como “un recipiente a llenar” [vi]. Pero para Rousseau, obedecer a la naturaleza es la prioridad principal, porque la educación típica altera la esencia del niño: “Las buenas instituciones sociales son aquellas que poseen el medio de desnaturalizar al hombre, quitarle su existencia absoluta para reemplazarla por otra relativa, y transportar el yo dentro de la unidad común” [vii].

 

¿Qué medios educativos ofrece Rousseau?

“No es conocida, en modo alguno, la infancia […]. Los de mayor prudencia se atienen a lo que necesitan saber los hombres, sin tener en cuenta lo que pueden aprender los niños.” [viii] Observar la infancia para conocer sus necesidades y sus capacidades, esto es lo que Rousseau considera más importante. Hay que conocer al sujeto, igual que hay que conocer la semilla o la planta que queremos cultivar.

¿Qué necesita el niño para desarrolla su fortaleza? Libertad. Empieza en la cuna: “Nada de capillos, fajas ni pañales; las mantillas que sean fluctuantes y anchas, que dejen todos sus movimientos en libertad […] Le gusta estar en una cuna grande, rellena de lana donde pueda realizar sus movimientos a su gusto y sin peligro […] …dejadle arrastrarse por la habitación”. Podríamos pensar que estamos leyendo a la pedagoga húngara Emmi Pikler (1902-1984) y su obra sobre la libertad de movimiento, donde el entorno ofrece al niño la seguridad y al mismo tiempo el espacio para moverse sin restricciones.

El objetivo de Juan Jacobo es “producir” un adulto que será capaz de demostrar autonomía y discernimiento, o sea, libertad de espíritu. Emilio descubre, por sí mismo, las leyes de la naturaleza. Hay que comprender la naturaleza cósmica, los árboles, los animales, los minerales, el agua, la tierra, el aire, las estrellas…, el origen y los componentes de los acontecimientos, para hacerse su propia idea.

¿Cómo descubrimos la naturaleza? Experimentándola. Juan Jacobo está siempre al lado de Emilio para dar sentido a lo que pasa, para explicar, para nombrar, para concluir…

“No le mandéis nunca nada […] que sienta pronto sobre su cabeza altiva el duro yugo que la naturaleza impone al hombre, el pesado yugo de la necesidad.” Así el niño es confrontado con la realidad de las cosas y no con meras bellas frases que le enseñan qué debe creer. Si obedece, es a la naturaleza de las cosas. La naturaleza es la maestra.

Un día, Juan Jacobo decide darle a Emilio un sentido de propiedad que, para Rousseau, es primordial. Emilio quiere hacer un huerto porque ve a su alrededor a hombres que siembran, plantan, cosechan. Juan Jacobo le permite plantar, incluso labra con él. Emilio está orgulloso de sembrar y regar las semillas. “Esto te pertenece”, insiste Juan Jacobo, “procuro que comprenda que hay en esta tierra algo que es suyo”.

Pero el hortelano de la propiedad protesta: Emilio le ha robada las semillas. En el corazón de Emilio surge el primer sentimiento de injusticia.

—Pero yo no tengo huerto.

El trabajo del huerto le recuerda que hay que respetar el trabajo de los demás. Negocian: el hortelano comparte su tierra y a cambio le darán la mitad de la cosecha. Una experiencia que Rousseau deja que se despliegue hasta el punto que su discípulo toma consciencia política de la situación. El niño aprende que el derecho es del primer ocupante y descubre el valor de la negociación y el intercambio.

Otros experimentos de dimensiones más científicas marcan la vida de Emilio. Aprende geografía no a partir de mapas, sino del entorno natural. Observa el curso de los ríos, identifica prados y bosques y descubre la topografía del entorno. La observación de la posición del sol en distintos momentos del día y a lo largo del año lo lleva a plantear preguntas. La curiosidad lo lleva a un curso de cosmogonía.

Emilio aprende a observar, a razonar por sí mismo, a deducir y a establecer conexiones. Aprende a nutrir su curiosidad para más adelante.

La experiencia a través de la observación y la acción será para la mayoría de maestros la base del aprendizaje.

Para el pedagogo norteamericano John Dewey (1859-1952), por ejemplo, es un paso fundamental. Comenio había hablado ya también de este método, añadiendo la importancia de la educación sensorial, que Rousseau consideraba una base importante para cualquier aprendizaje.

En los principios pedagógicos de Jean-Jacques Rousseau, la naturaleza no solo es un entorno a conocer, un soporte, un medio pedagógico, sino también una visión del niño en su naturaleza humana. Esta percepción del mundo de la infancia es fundamental, comporta actitudes pedagógicas, que permiten al niño adquirir conocimientos, aprender de su libertad y descubrir su responsabilidad.

Todos nosotros, niños y adultos, estamos conectados al cosmos y en él tenemos nuestro origen. Somos un círculo de energía vital. ¿No debe respetar esta energía, la educación?

 

Notas:

[i] Rousseau J.J., Mes Confessions, página 9

[ii] Rousseau J.J., Emile, ou l’Education, Flammarion, página 66, Libro primero

[iii] Op.Cit, página 64

[iv] Op.Cit, página 68

[v] Comenius J.A., La grande didactique

[vi] En referencia a Montaigne: « L’enfant n’est pas une base qu’on emplit, mais un feu qu’on allume » («El niño no es un recipiente que llenamos, sino un fuego que prendemos»)

[vii]Página 39, Libro primero

[viii] Página 32, Libro primero

 

Bernadette Moussy se formó como maestra de infantil y obtuvo un doctorado en Historia de la Educación. Ha trabajado con niños y niñas con problemas motores. Sus obras y conferencias se centran en la historia de la educación, los grandes pedagogos y la filosofía de la educación. Actualmente se interesa por la importancia de la infancia y la naturaleza. Entre sus obras se cuentan Les pédagogues dans l’histoire (2016) y L’enfant et la beauté (marzo 2018).

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