Tema. La construcción de sentidos colectivos para el presente y futuro de otros mundos posibles

Nuestra revista se abre para el intercambio y la reflexión…

Desde México Jennifer Haza Gutiérrez nos acerca un completo panorama sobre la vida de la niñez en América Latina, nos invita a reconocer las situaciones de desigualdad, violencia, pobreza y el papel que niños y niñas y niñas juegan como actores que participan desde sus saberes y roles en la vida y en la lucha de sus comunidades.

La vida cotidiana de la niñez latinoamericana está marcada por contextos de desigualdad, violencia y explotación que afectan el cumplimiento de sus derechos humanos. La mitad de las niñas, niños y adolescentes en América Latina vive en pobreza y cada día 67 adolescentes, hombres y mujeres, son asesinados en nuestros territorios. (CEPAL/UNICEF, 2018).

En nuestras conversaciones, telediarios, redes sociales o prensa escrita se relatan batallas de vida que cotidianamente emprenden las infancias ante un sistema deshumanizante. Como educadoras y educadores estamos presentes con las niñas y niños que atraviesan las fronteras de nuestros países huyendo de la violencia y pobreza, que son separados de sus familias en el camino y les detienen en centros que asemejan cárceles donde se les tortura y humilla; también ante quienes se encuentran en la calle, desahuciados, porque el trabajo de la familia no alcanza para pagar un lugar donde vivir. Estamos cerca de quienes viven en desplazamiento forzado por los desastres naturales provocados por la avaricia del capital, por el crimen organizado o grupos armados de corte paramilitar, que actúan bajo la omisión o complicidad de los Estados. Acompañamos a cientos en el doloroso proceso de exigencia de justicia ante los feminicidios de las madres, las hijas y las hermanas y también en los caminos de sanación y movilización colectiva para buscar y encontrar a quienes han desaparecido.

Niñas y niños son quienes siguen siendo las y los principales afectados por las políticas económicas, la discriminación de un sistema racista, la violencia de un sistema patriarcal y por la militarización y guerra de baja intensidad que sigue presente y sirve para el despojo y explotación de la tierra y los recursos naturales. Pero también son quienes construyen realidades y alternativas de futuro cuya potencia transformadora se consolida cuando son acompañados por sus familias, entre pares y como integrantes de colectividades (Torres, 2016).

Como parte de los pueblos, comunidades y organizaciones que generan resistencias ante el avance de las lógicas neoliberales, niños y niñas forman parte de las luchas por la dignidad, la justicia, la libertad y la defensa
de los derechos humanos.

En las comunidades indígenas y campesinas, las niñas y niños se integran de forma natural en las actividades y también actúan frente a las circunstancias políticas y sociales adversas, como la guerra, que trastocan la vida de toda la comunidad. Los niños y niñas tienen un lugar en la acción, escuchan y miran acontecimientos relacionados con la vida y la muerte, el juego, el trabajo, la resistencia y todos aquellos eventos significativos para su grupo social. (Rico, 2016). Las niñas y niños se descubren y afirman como parte del colectivo porque éste les reconoce como integrantes. En el vínculo con las y los demás es que encuentran sentido a la propia existencia y en el hacer con otras
y otros es que construyen el sentido de lo común.

La crianza de las niñas y niños en los pueblos originarios tiene un sentido político y se asume como responsabilidad compartida por la comunidad. Desde la cosmovisión del buen vivir -el lekil kuxlejal en lengua tsotsil y tseltal- las niñas y niños aprenden en las relaciones de la vida comunitaria que el bienestar no es un estado material e individual, sino espiritual y social que viene dado por la vida en común con las otras personas y la naturaleza, en la unidad de mente, cuerpo y espíritu y por tanto, todas las personas tienen una responsabilidad hacia sí mismas, con las y los demás y con el entorno.

En este sentido, esta forma de pensar el mundo rompe con la idea de la separación como estrategia de dominación y control para la explotación de las personas, el genocidio de los pueblos y la devastación y despojo de los territorios que impone el actual sistema económico, político y social. El Lekil Kuxlejal afirma un sentido colectivo donde niñas y niños son parte del mundo y por lo tanto también tienen la posibilidad de transformarlo.

Al hablar de niñas y niños pequeños es preciso recalcar todas las posibles e inimaginables formas de participación acordes a su edad, saberes y roles que desempeñan de por sí en sus comunidades. No son adultos chiquitos jugando a la política, sino actores sociales que participan en los procesos y conflictos comunitarios, pues también les atañen. Así, la idea de participación política tendría que perder toda la formalidad y solemnidad, pues abordar la política desde la perspectiva de niños y niñas, necesariamente sería hablar de juegos, diversión, gritos, risas, colores, dulces, inquietud, creatividad, imaginación, miedos, preguntas, muchas preguntas, franqueza, tenacidad, diálogos, aprendizajes y colectividad. (Torres, 2016).

Esta perspectiva otorga a la participación de la niñez la capacidad de agencia e incidencia, convirtiéndola en un acto de acción política y ciudadana, que implica reconocerles como sujetos históricos y políticos que luchan contra todas las formas de exclusión y apuestan por una transformación colectiva para el bien común. El protagonismo de las niñas y niños no emana como una cualidad personal, es algo que florece y se afirma en la relación con las y los demás (Cussianovich, 2018). Desde este lugar se plantea el co-protagonismo de la niñez como una necesidad ética, que reconoce que juntas, las personas adultas y las infancias pueden incidir en el cambio social.

En ese sentido, la práctica de los derechos humanos se concibe entonces como parte de las luchas por la autonomía y la justicia social, donde niñas y niños son participantes activos que desarrollan experiencias comunes para comprender y actuar en el entorno. Es así que los espacios educativos no están circunscritos a la escuela, sino que ocupan las dinámicas de la vida cotidiana donde la crianza es una responsabilidad colectiva para el bien común y elemento clave para la continuidad de los procesos de transformación social. En las luchas por la justicia y la paz las niñas y niños sólo apreciarán los derechos como una herramienta relevante para ellas y ellos si pueden relacionarlos con su vida cotidiana y si tienen posibilidad de exigirlos y hacerlos valer.

Por ejemplo, en las comunidades zapatistas en resistencia, además del sistema educativo autónomo, las asambleas comunitarias, Juntas de Buen Gobierno (instancias de autogobierno) fiestas y ceremonias rebeldes, los espacios familiares y comunitarios, se vuelven espacios educadores para el buen vivir donde las y los pequeños pueden escuchar por qué están luchando sus madres y padres y construyen con ellas y ellos un futuro mejor. Niños y niñas en el movimiento zapatista son los que van a continuar la lucha, pero a la vez son el motivo por el que se lucha (Rico, 2016).

En la vida comunitaria se afirma la pertenencia de sus integrantes y se rompe con la sensación de aislamiento, haciéndoles saber a las niñas y niños que no están solos. El sentido colectivo de dignidad, valía y poder de las comunidades en resistencia, se integra también en las subjetividades de las niñas y niños que aprenden a saberse con derecho a tener derechos, a defenderlos y exigirlos con agencia propia, organizadamente con otras y otros para imaginar y crear entornos que posibilitan el buen vivir.

Así, las dinámicas de la vida colectiva como experiencias socioeducativas generan sustancia y sentido para romper con las lógicas de la violencia, explotación y desigualdad que promueve el sistema económico, político y social dominante, dan lugar para nombrar y visibilizar las injusticias, las huellas de daño y muerte que genera el capitalismo y también para crear los otros mundos posibles que queremos. Parafraseando a José Martí, la vida comunitaria no está disociada de la realidad circundante que se busca transformar, sino que educa hacia la sociedad futura por la que se lucha. Es entonces que, desde el buen vivir como horizonte ético, la crianza de las infancias se erige como un acto político de transformación para defender la alegría, la justicia, la dignidad y la solidaridad, como cualidades transformadoras en favor de la esperanza.

Ante el avasallante sistema cultural, social, económico y político que impone lógicas encaminadas hacia lo individual y lo privado, la construcción de sentidos colectivos desde la niñez es una osada apuesta política y pedagógica para recuperar la posibilidad del vínculo y el reconocimiento mutuo, para crear los espacios de encuentro entre pares intergeneracionales donde surjan y se nutran los lenguajes de las infancias y sean posibles procesos colectivos de toma de conciencia que generen movimiento y sentido de futuro. Requerimos imaginar universos que posibiliten la organización y complicidad de las niñas y niños para crear, aprender, informarse, divertirse, dialogar y reflexionar sobre su cotidianidad; medios donde puedan descubrir y desarrollar recursos para defender los territorios que habitan y construir junto con otras y otros sus propias respuestas y herramientas para contrarrestar las formas de dominación y desplegar imaginarios de otros mundos posibles.

Bibliografía
CEPAL/UNICEF. (2018). América Latina y el Caribe a 30 años de la aprobación de la Convención sobre los Derechos del Niño. Santiago.
Cussianovich, A. (2018). Aportes desde los movimientos sociales de niñxs y adolescentes trabajadorxs a la teoría y práctica emancipadora con niñez. En S. M. Magistris, Niñez y movimiento: del adultocentrismo a la emancipación. (pág. 216). Buenos Aires: El Colectivo.
Rico, A. (2016). Acercamiento sociocultural a las prácticas de socialización de las infancias zapatistas en contexto de guerra y autonomía. En K. N. Patiño, P. Ortelli, M. L. Becerra, & C. A. Villalobos, Niñez Indígena, Resistencias y Autonomías. Miradas Antropológicas en diversos contextos de violencia en América Latina. Tuxtla Gutiérrez: Historia Herencia Mexicana.
Torres, E. (2016). La fiesta y la Protesta en Latinoamérica: la irrupción de los niños y niñas indígenas como actores políticos. En K. N. Patiño, P. Ortelli, M. L. Becerra, & C. A. Villalobos, Niñez Indígena, Resistencias y Autonomías. Miradas Antropológicas en diversos contextos de violencia en América Latina. Tuxtla Gutiérrez: Historia Herencia Mexicana.

Jennifer Haza Gutiérrez
Directora de la organización Melel Xojobal A.C. en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.
Defensora de los derechos humanos de la niñez, feminista y educadora de calle.

 

 

 

 

 

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