Historia de la educación. Miguel Soler Roca mano a mano

Miguel Soler Roca se fue en la víspera de un 20 de mayo. Nada más significativo para un maestro que luchó incansablemente en los más diversos escenarios, por los derechos humanos en todas sus expresiones. Una de ellas fue siempre la lucha por los derechos de los pueblos campesinos e indígenas de América Latina que supo recorrer más de una vez. La más dura de ellas fue la búsqueda de su amigo Julio Castro luego de su desaparición en agosto de 1977. Diez años después en el Paraninfo de la Universidad, Miguel se refería a Julio como persona buscada a seguir buscando. Detrás de esas palabras había un amplio recorrido de memoria por las vivencias, experiencias pedagógicas y territorios recorridos juntos durante largos años. Estaba también, la presión ejercida desde Europa y América sobre los dictadores en busca de la verdad sobre el destino de Julio.

“Un maestro que luchó incansablemente en los más diversos escenarios, por los derechos humanos en todas sus expresiones”

Miguel se fue un 19 de mayo, 78 años después de su toma de posesión como maestro de la Escuela N° 89 de Los Vázquez en la campaña de los rancheríos del norte uruguayo. Esos mismos rancheríos de Tacuarembó los van a describir los estudiantes de los Institutos Normales de Montevideo junto con Julio Castro en las primeras Misiones Sociopedagógicas dos años después. La noche del 8 de julio de 2016, en el trayecto entre el Centro Agustín Ferreiro y su casa en Montevideo nos relataba aquellas circunstancias. Aunque se había recibido de maestro en 1939 no pudo trabajar de inmediato debido a las demoras en los trámites de nacionalización. Había nacido en Cataluña el 10 de abril de 1922. Pero una vez cumplida esa formalidad, en mayo de 1943 María Orticochea, directora de los Institutos Normales, le anuncia que hay una escuela en el norte que necesita un maestro. Miguel no duda en aceptar el desafío que ya presagiaba el perfil de su personalidad y el centro de un accionar pedagógico marcado por la búsqueda de duras realidades donde su concurrencia podía incidir.

En 2009 con la Mtra. Alejandra Dego concurrimos a Los Vázquez buscando evidencias del pasaje de Miguel por allí, tantas décadas después. En la soledad del lugar, encontramos a Juanita de los Santos, alumna de Miguel Soler en aquellos años. Juanita nos cuenta que Soler era “muy jovencito” cuando llegó a Los Vázquez. Ella estaba en primero y había pasado a segundo. Llegó en la época de la gran sequía del ‘42, plena guerra mundial, una “pobreza tremenda” y mucha población en el lugar. Todos vivían en ranchos de adobe y se percibía miseria por doquier, aunque en la vuelta “había mucho rico”. Típico paisaje de rancherío rural. No bien llegó a la escuela, salió a recorrer el lugar; “se habrá llevado una desilusión enorme”, comenta Juanita. Para ello, lo primero que hizo fue comprarse un caballo, un hermoso picaso que conocimos a través de una pequeña foto blanco y negro que Juanita atesora en las páginas de un libro. En esa misma foto se deja ver el eucaliptus que todavía permanece enhiesto en la colina, como testimonio vivo de cuando Soler y sus alumnos convivían a su sombra, jugando al Martín Pescador, según lo que expresa Juanita acerca de lo que muestra la foto. Todos de “zapatillita rueda” y sin moña. “El Maestro qué nos iba a exigir moña, no se estaba para exigir mucho.” Con el picaso, el Maestro Soler podía salir a conseguir la carne y “algo para hacerle la comida a los niños”, sobre todo para los niños que venían de muy lejos y se tenían que levantar muy temprano. Cuando el Maestro se enteró de que había una gran cantidad de “muchachos” que no habían podido concurrir a la escuela -muchos trabajaban en las estancias-, los jueves y los sábados instrumentó una “clase particular”, y de ese modo “educaba a esos muchachos que estaban trabajando”. Hasta del pueblo de Ansina venían a caballo algunos de esos jóvenes que aún no habían tenido la oportunidad de asistir a la escuela. “En esa época sólo había hasta tercero. Los que teníamos más actitud de aprender y nos gustaba, entonces íbamos los jueves y (el Maestro Soler) nos daba una clase particular, como en cuarto. Y con eso quedábamos. Las muchachitas de acá quedábamos con ese cuarto” (Dego, Santos, 2009).

“Miguel no duda en aceptar el desafío que ya presagiaba el perfil de su personalidad y el centro de un accionar pedagógico
marcado por la búsqueda de duras realidades donde su concurrencia podía incidir”

Miguel nos ha contado que la experiencia de Los Vázquez fue la primera constatación personal sobre los límites de la educación ante situaciones de extrema pobreza. Cuando visita el lugar más de veinte años después encuentra iguales o peores condiciones que las que había conocido en 1943. Era la evidencia más brutal de que la escuela sola no puede modificar las condiciones estructurales de la sociedad, si no se la acompaña de acciones económicas y políticas de más amplio alcance (Espínola Espínola, 1933; CNEPyN, 1950). Allí, en condiciones de extrema vulnerabilidad, la escuela poco podía hacer. Y poco podía hacer en un lugar como Colonia Concordia, escuela rural en la que Miguel trabajaría después varios años, por cuanto allí parecía que todos los problemas estaban ya resueltos. Por esa razón, Miguel nos contaba que a la hora de elegir un lugar para la implementación del primer Núcleo Escolar Experimental, usó como criterio un lugar intermedio en cuanto a sus características entre Los Vázquez y Colonia Concordia.

En 2005 varios compañeros integrantes de las Asambleas Técnico Docente nos entrevistamos con Miguel en la Colonia Escolar de Malvín. Aprovechando que estaba en Montevideo sostuvimos un largo diálogo sobre las circunstancias de la educación rural del momento. Eran los días de la aparición de Réplica de un maestro agredido (Soler, 2005) y en el diálogo apareció la primera referencia a Los Vázquez. La referencia no aparece en el libro y Miguel evitaba hacerla por respeto a la gente del lugar, por lo que se refería a su trabajo en “una escuela de Tacuarembó”. Pero un maestro de ese departamento, conocedor de la historia, le mencionó la escuela de Los Vázquez a un sorprendido Miguel Soler. De sus apuntes de un cuaderno de aquel joven maestro rural trabajando en el norte uruguayo, Miguel transcribe los referidos a “Zulma, Adelia, Efraín. (Historia de vida de tres hermanos alumnos de una escuela rural de Tacuarembó, 1944)” que en el libro aparece como uno de los anexos. Una tarea de reencuentro con aquellos viejos relatos que se completaría 14 años más tarde con los Perfiles infantiles de 1943 y 1944 que transcribe en Rastrojos (Soler, 2019), en este caso mencionando directamente a Los Vázquez. Se trata de Orestes, los Sequeira, los hijos de Seumachado, Argelio y de nuevo, Zulma, Adelia, Efraín. Sin dudas, los rastrojos con más espinas de todo el libro (Santos, 2019). “Guardé estos testimonios manuscritos entre mis documentos más preciados y los llevé conmigo, de un lado a otro del Atlántico, del hemisferio Sur al hemisferio Norte, sin releerlos, sin mostrarlos a nadie” (Soler, 2019: 23).

Nos volvimos a ver con Miguel en octubre de ese mismo año 2005 en ocasión de la celebración del Congreso de Maestros Rurales “Jesualdo Sosa” organizado por la Federación Uruguaya de Magisterio. El reencuentro fue en la Colonia Escolar de Piriápolis, en los mismos escenarios donde 56 años antes se había celebrado el emblemático Congreso de 1949 del que surgió el programa para escuelas rurales. Muchos compañeros recuerdan la frase de Miguel “hay que empatotarse” dirigida a los maestros rurales allí presentes, haciendo alusión a la necesidad de trabajar en colectivo para afrontar los desafíos de la educación rural.

Desde su regreso definitivo a Uruguay, la actividad de Miguel ha sido tan intensa y prolífica como su vida toda. En muchas ocasiones concurrió al Centro Nacional de Formación de Maestros Rurales Agustín Ferreiro a trabajar en ruedas de estudiantes y de docentes, incluyendo largas conversaciones con el equipo del Departamento de Educación para el Medio Rural. Estuvo presente en todas las ediciones del Seminario Internacional de Investigación sobre Educación Rural, del Coloquio de Educación Rural y de las celebraciones del Día de la Educación Rural, muchas veces en forma presencial y otras a través de extensos y entusiastas mensajes de adhesión. De tantos encuentros mano a mano, afloran a la memoria muchos relatos que, a modo de imágenes inspiradoras, van delineando en el recuerdo el significado de su figura en su faceta cotidiana y espontánea.

“Necesidad de trabajar en colectivo para afrontar los desafíos de la educación rural”

Nada nos debería resultar ajeno. Nada de lo humano está demasiado alejado como para no sentirlo como propio. En marzo de 2019 y en el marco del Congreso de la Federación Uruguaya de Magisterio, se presentó Rastrojos (Soler, 2019), su penúltimo libro. En los comentarios sobre esa obra, señalábamos que unos días antes, en el periódico montevideano la diaria la imagen del cuerpo de Saba Abu Arar de 14 meses de edad, fallecida en los bombardeos de Israel a la franja de Gaza durante un fin de semana, nos abofeteaba insoportablemente. Imagen que a su vez nos recordaba de inmediato, la del niño sirio Alan Kurdi de tres años de edad, muerto en 2015 en las costas del Mediterráneo en Turquía que, junto con su madre y hermanos, intentaban llegar a las costas europeas. Hace no mucho tiempo, Miguel compartía una rueda de diálogo con docentes y estudiantes en el Centro Agustín Ferreiro. Apesadumbrado por las noticias de esos días marcadas por los intensos ataques sobre El Líbano, Miguel, haciendo notar la imposibilidad de la indiferencia de todo educador, nos decía: “no hay que aflojar un minuto en la lucha por lo humano y lo humanizador, porque la historia nos indica que en cualquier momento, a la menor distracción, el hombre puede convertirse en una bestia” (Santos, 2019).

Lo anterior refleja enteramente la característica de su pensamiento pedagógico que es a la vez, hijo de su época. Se trata de una pedagogía construida en diálogo con otras vertientes del pensamiento. Una pedagogía que interactúa con el periodismo, con la literatura, con las expresiones artísticas y con los ensayos sobre la sociedad, la cultura y la política. Desde ese lugar, se trata de una pedagogía ubicada en el tiempo y en el lugar que se produce, a la luz de las peripecias de lo humano, a la luz de sus sensibilidades, de sus manifestaciones culturales y de sus miserias. Nada de lo humano resulta ajeno como expresión del devenir cotidiano de la reflexión pedagógica, llevó a los maestros rurales de Uruguay –en tiempos en que Miguel Soler era estudiante magisterial en Montevideo- a sentir en carne propia la Guerra Civil Española y sentir el dolor de la caída de la Segunda República. Ese mismo dolor que Soler sentía ante los alfabetizadores salvadoreños enseñando bajo los bombardeos en la década del 80 (Soler, 1996) y las muertes en el Mediterráneo de tiempo actuales.

“Una pedagogía que interactúa con el periodismo, con la literatura, con las expresiones artísticas y con los ensayos sobre la sociedad, la cultura y la política”

“Nada de lo humano resulta ajeno como expresión del devenir cotidiano de la reflexión pedagógica”

Sus archivos como educador van mucho más allá de la pedagogía. En sus archivos hay miles de recortes de prensa y su biblioteca personal es tan variada como multifacética. “Todo educador debe leer los diarios”, nos decía, en alusión a la conciencia de actualidad y de mundo que era necesario adoptar para estar alerta. Pero estos vínculos entre pedagogía y literatura eran propios de una época y Soler trasladó esa impronta durante toda su vida hasta la actualidad. En su momento, Jesualdo Sosa publica Vida de un maestro (Jesualdo, 1937), un diario novelado que, sin embargo, no deja dudas que es esencialmente una obra pedagógica. Durante décadas (1939 – 1974) su amigo Julio Castro hizo pedagogía desde el periodismo, convirtiendo la crónica periodística en texto pedagógico por excelencia. El ensayo, la novela, la poesía, la caricatura, la crónica, devenidos en textos pedagógicos fue el producto del ejercicio de pensamiento en medio de una atmósfera intelectual integral.

Esta impronta surge de un maestro que lee los diarios, que levanta la vista más allá del territorio donde se encuentra, que tiene sensibilidad por lo humano sin importar donde se encuentre, que sufre el militarismo en el mundo en carne propia, que se compadece con el otro –al decir de Adela Cortina- en una actitud que no solo supone el esfuerzo de ponerse en el lugar del otro. Se trata de compartir in situ y de forma corpórea el sufrimiento, el dolor, las satisfacciones y el beneplácito al final de la jornada, con los demás y entre todos (Santos, 2019).

“Todo educador debe leer los diarios”

“El ensayo, la novela, la poesía, la caricatura, la crónica, devenidos en textos pedagógicos fue el producto del ejercicio de pensamiento en medio de una atmósfera intelectual integral”

Es Miguel Soler, un catalán, uruguayo y latinoamericano del cual nos sentimos herederos, en nuestros escritos, nuestras acciones y nuestro compromiso con lo humano para lo cual marcó un camino esencial e imprescindible.

Limber Elbio Santos
Docente e investigador en el Instituto de Educación, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República.

Notas
1. Licenciado en Ciencias de la Educación (Universidad de la República); Es Director del Departamento de Educación para el Medio Rural de la Administración Nacional de Educación Pública (Uruguay). Es docente e investigador en el Instituto de Educación, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República. limbersantos@gmail.com
2. En Uruguay cada 20 de mayo se realiza la llamada Marcha del Silencio, organizada por Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos durante la última dictadura militar.
3. Educador, pedagogo y periodista uruguayo que lideró el movimiento de construcción de la pedagogía rural uruguaya y con gran proyección a toda América Latina.
4. Según consta en el libro diario de la escuela, Miguel Soler toma posesión de su cargo el 19 de mayo de 1943, siendo ésta su primera experiencia laboral.
5. En julio y agosto de 1945 el semanario Marcha publica en sus contratapas cinco artículos de Julio Castro sobre los escenarios de miseria con que se encuentran los misioneros en Caraguatá.
6. Centro Nacional de Formación de Maestros Rurales, ubicado a 40 km de Montevideo.
7. En referencia a La Mina, localidad próxima a la frontera con Brasil y escenario durante la segunda parte de la década del 50 de una experiencia de Educación Fundamental llevada adelante por Miguel Soler y un conjunto de educadores.
8. Se trataba del Encuentro Nacional de Maestros Rurales organizado por la Asamblea Técnico Docente.
9. Se trataba del Maestro José Núñez.
10. El último libro es Valió la pena. obra que quedó inconclusa pero que en algún momento verá la luz, póstumamente.



Referencias bibliográficas
CNEPyN (1950) Programa para Escuelas Rurales. Imprenta Nacional: Montevideo.
Dego, Alejandra; Santos, Limber (2009) Juanita de los Santos. Un alumna del Maestro Miguel Soler. En Quehacer Educativo Nº 94, FUM – TEP, Montevideo, 2009.
Espínola Espínola, María (1933) Congreso de Maestros. Montevideo.
Jesualdo (1937) Vida de un maestro. Claridad: Buenos Aires.
Santos, Limber (2019) Sobre Rastrojos de Miguel Soler Roca. En: Quehacer Educativo N° 155. FUM-TEP: Montevideo.
Soler, Miguel (1996) Educación y vida rural en América Latina. FUM, ITM: Montevideo.
Soler, Miguel (2005) Réplica de un maestro agredido. Trilce: Montevideo.
Soler, Miguel (2019). Rastrojos. FUM-TEP: Montevideo.

 

 

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