Julio Brum
Los desafíos de la globalización y el individualismo
La globalización, si bien ha traído consigo una interconexión sin precedentes, también ha generado una serie de desafíos que impactan directamente en la cultura y la educación. Las nuevas tecnologías, aunque ofrecen oportunidades inmensas para la difusión y el acceso a la información, paradójicamente han facilitado la homogeneización de contenidos. Esto significa que, a menudo, los niños y jóvenes están expuestos a una dieta cultural uniforme y limitada, dominada por tendencias globales que pueden eclipsar o incluso devaluar las expresiones culturales locales.
El mercado, con su lógica de consumo inmediato y la búsqueda constante de la novedad, ha impactado profundamente la forma en que se percibe y valora la cultura.
Frecuentemente, la riqueza cultural se reduce a un mero producto de entretenimiento, despojándose de su significado profundo, su valor histórico y su función social. Cuando la cultura se convierte en una mercancía desechable, se erosiona la capacidad de las nuevas generaciones para apreciarla como un pilar fundamental de su identidad y de su comunidad.
“Cuando la cultura se convierte en una mercancía desechable, se erosiona la capacidad de las nuevas generaciones para apreciarla como un pilar fundamental de su identidad y de su comunidad”
Este contexto globalizado y mercantilizado promueve el individualismo y agudiza las desigualdades sociales. En lugar de fomentar la cohesión y el sentido de pertenencia, se prioriza el consumo personal y la gratificación instantánea, lo que puede alejar a las infancias de sus raíces culturales. Si éstas no encuentran relevancia o atractivo en sus propias tradiciones debido a la avalancha de estímulos externos, corren el riesgo de desconectarse de la sabiduría ancestral, de las narrativas comunitarias y de las formas de expresión que han definido a sus pueblos durante generaciones.
Esta desconexión no solo empobrece su mundo interior, sino que también debilita los lazos comunitarios y generacionales. En última instancia, la falta de arraigo cultural, exacerbada por estos desafíos de la globalización y el individualismo, puede dejar a las infancias latinoamericanas y caribeñas más vulnerables frente a las presiones del mundo contemporáneo, dificultando su capacidad para construir identidades sólidas y para contribuir creativamente de manera significativa a sus sociedades.
Cultura como producto versus cultura como nutrición
La concepción de la cultura como un producto de consumo se define por su naturaleza transaccional y superficial. Bajo esta óptica, la cultura se adquiere, se utiliza para el entretenimiento y se desecha una vez que su novedad se agota, sin considerar su valor educativo o su profundidad intrínseca. Esta visión se alinea con una lógica de mercado que busca la homogeneidad, promueve una actitud acrítica y tiende a ofrecer una calidad cultural mediocre. El pensamiento industrial subyacente se centra en la gestión de recursos para crear y satisfacer una necesidad de poseer un producto, buscando resultados inmediatos y desarrollando ansiedad en el proceso. Este modelo, inherentemente excluyente, reduce la educación artística a la idea de que el artista es una clase especial de ser humano, en lugar de reconocer el potencial creativo en cada individuo.
“La nutrición cultural se caracteriza por su énfasis en los derechos culturales, la diversidad, el pensamiento crítico y cuestionador y la creatividad”
En contraste, la cultura como nutrición reconoce su importancia vital en el desarrollo integral de niñas y niños, valorándose como una fuente inagotable de conocimiento, experiencia y crecimiento personal. Este enfoque promueve una interacción activa y crítica con la cultura, contribuyendo a un enriquecimiento personal que trasciende lo material. La nutrición cultural se caracteriza por su énfasis en los derechos culturales, la diversidad, el pensamiento crítico y cuestionador y la creatividad. Se basa en una “dieta cultural” rica y variada que también valora los procesos a largo plazo y se cimienta en un “modelo inclusivo” basado en la “educación por el arte” donde “cada ser humano es una clase especial de artista”.

La forma en que se concibe y se aborda la cultura para las infancias ejerce una influencia determinante en su desarrollo integral. Más allá de ser un mero pasatiempo, la cultura se erige como un pilar fundamental para el florecimiento humano y social, abarcando dimensiones esenciales como la identidad, el pensamiento crítico y la creatividad. La cultura no es un elemento accesorio, sino una fuerza vital que moldea la percepción del mundo y la capacidad de interactuar con él de manera significativa.
Un ejemplo elocuente de esta trascendencia es la imagen de una niña afrodescendiente inmersa en el ritmo ancestral del candombe, una manifestación cultural que simboliza la conexión viva entre generaciones pasadas y presentes, demostrando cómo la cultura trasciende el tiempo y las barreras, nutriendo el sentido de pertenencia y la autoestima desde temprana edad.
Caminos posibles
El estado tiene un rol esencial en la promoción de una nutrición cultural rica y diversa. Es una responsabilidad ineludible en nuestros países crear las condiciones necesarias para promover equitativamente la creatividad y el desarrollo cultural sostenible, para construir una verdadera “democracia cultural”. Este desafío contemporáneo implica lograr un equilibrio en el desarrollo de todos los aspectos culturales, potenciando un “ecosistema cultural” que sitúe a la ciudadanía como eje central de la participación y el protagonismo en la vida y construcción de comunidad. El estado, en este sentido, debe actuar como arquitecto de este ecosistema, sustentando las condiciones para que la cultura florezca orgánicamente en la sociedad, asegurando su diversidad, su autonomía y su sostenibilidad.
Para fomentar una nutrición cultural arraigada y pertinente, se requieren estrategias multifacéticas.
La democratización del acceso es fundamental para promover la participación y el protagonismo activo de todos los ciudadanos en la vida cultural, combatiendo cualquier forma de exclusión. Esto implica garantizar que todas las comunidades, sin importar su origen étnico, género, religión o condición socioeconómica, tengan acceso igualitario a la creación, disfrute y promoción cultural.
La descentralización y el diálogo con la comunidad
son también trascendentales. Las políticas culturales deben ser diseñadas y ejecutadas en consulta directa con las comunidades a las que están destinadas, respetando su autonomía y su voz. La descentralización permite que las comunidades locales ejerzan un mayor control y decisión sobre sus propias expresiones culturales, evitando el “engaño de ‘dibujar el plan’ desde un pedestal” y buscando una síntesis sinérgica de visiones y experiencias.
El apoyo a la diversidad y el patrimonio es igualmente importante. Es crucial reconocer, preservar y celebrar la rica herencia cultural diversa, superando la “concepción piramidal” que históricamente priorizó la cultura académica europea. Las políticas culturales deben valorar la multiplicidad de expresiones culturales y buscar el respeto y reconocimiento de estas diferencias, asegurando la protección y preservación de las tradiciones históricas y artísticas.
La inversión en educación y creatividad es otro pilar fundamental. La nutrición cultural requiere atención e inversiones presupuestarias adecuadas. Esto implica fomentar la educación cultural desde edades tempranas, promoviendo la apreciación, comprensión y respeto por la diversidad cultural, las expresiones y el manejo de los lenguajes artísticos.
Se debe apoyar a los artistas y creadores locales, brindándoles recursos, espacios de exhibición y capacitación para que desarrollen sus talentos y contribuyan a la riqueza cultural de la sociedad, alentando la innovación cultural especialmente en aquellas facetas del ecosistema cultural que se enfocan en las infancias.
El buen vivir y la necesaria construcción de la identidad
La cultura considerada de tal forma, se convierte en una fuerza poderosa para la construcción de identidad, la autoafirmación y la transformación social. Las políticas culturales pueden amplificar este proceso, brindando a las comunidades la oportunidad de nutrir y revitalizar sus tradiciones, al mismo tiempo que desafían estereotipos y prejuicios arraigados. La cultura y las políticas que la promueven tienen la capacidad de unir, inspirar y transformar las sociedades hacia espacios más inclusivos y vibrantes. Esta transmisión intergeneracional de la resiliencia cultural asegura la continuidad de tradiciones, conocimientos y valores, fortaleciendo la identidad colectiva y sirviendo de escudo contra las fuerzas globalizadoras que buscan la homogeneización.
Invertir en la nutrición cultural de las infancias latinoamericanas y caribeñas es, por tanto, una inversión en la supervivencia y vitalidad a largo plazo del tejido cultural de nuestras comunidades. En última instancia, la cultura es un recurso valioso que impulsa el desarrollo sostenible, el crecimiento económico en equilibrio ecológico, la educación y la solidaridad. Reconoce que la cultura no solo enriquece la vida de las personas, sino que también puede impulsar el desarrollo y la justicia social y económica de diversas formas. La participación cultural, en este sentido, es una forma de ejercicio democrático. Cuando los niños y las niñas son nutridos para cuestionar, expresar y crear sus propias narrativas culturales, están siendo simultáneamente preparados en las habilidades esenciales de la ciudadanía democrática: diálogo, evaluación crítica, acción colectiva y autodeterminación. Esto eleva la política cultural a un componente central de la gobernanza democrática, enfatizando que una esfera cultural vibrante es imprescindible para una democracia saludable.
El “Buen Vivir”, enraizado en cosmovisiones indígenas andinas, se presenta como un marco ético universal capaz de enriquecer y contrarrestar los efectos negativos de la cultura occidental globalizada y a su vez ser el marco ético para una visión de la nutrición cultural de nuestras infancias. Sus principios de armonía, comunidad, sostenibilidad y respeto por la diversidad pueden guiar las políticas culturales a nivel global, trascendiendo una visión de desarrollo puramente económica. En definitiva, es imperioso hilvanar de manera respetuosa y sinérgica la diversidad de la sociedad civil —portadora de sabidurías ancestrales y prácticas artísticas patrimoniales— con el poder del estado para crear y sostener políticas culturales que nutran y potencien los ecosistemas musicales y culturales. Esto no solo busca el ejercicio de la música o el arte, sino la promoción de seres libres que sean la base de ciudadanías creativas y propositivas en el ejercicio de sus derechos humanos. La democracia cultural es un acto de responsabilidad ética, justicia y respeto hacia las comunidades históricamente marginadas, y una inversión en un futuro más igualitario, diverso y convocante para toda la ciudadanía.
“ La democracia cultural es un acto de responsabilidad ética, justicia y respeto hacia las comunidades históricamente marginadas”
En conclusión, el análisis dialéctico entre la cultura como consumo y la cultura como nutrición revela una profunda divergencia en sus implicaciones para el desarrollo infantil y social. Mientras que la cultura de consumo reduce el valor intrínseco a una transacción superficial que genera homogeneidad y ansiedad, la cultura de nutrición se erige como un pilar vital para el desarrollo integral, fomentando el pensamiento crítico, la creatividad, la construcción de identidades sólidas y el bienestar emocional. El estado desempeña un papel indispensable en este escenario, con la responsabilidad ética de interpelar y relativizar las propuestas de consumo cultural del mercado y de promover activamente alternativas para la nutrición cultural. Propongámonos, entonces, transitar junto a las infancias latinoamericanas y caribeñas un camino hacia el “Buen Vivir” desde el arte, la creatividad, la solidaridad y la cultura para construir el futuro que merecen.
Julio Brum
Músico especializado en infancias,
director de
mundobutia.com