Espacios de vida. Llueve y en el patio pasa todo esto

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En la escuela, si llueve, no se sale al patio, se juega en clase o en el pasadizo. Sería un debate interesante valorar la decisión tan arraigada de no salir al patio cuando llueve, pero lo dejaremos para otro momento. Pero ¿qué pasa cuando ha llovido? Pues que a veces tampoco salimos al patio. Y yo siempre pienso que, cuando decidimos no salir al patio porque ha llovido, no somos conscientes de las oportunidades de aprendizaje que estamos dejando perder. Así que la última vez que llovió, cuando ya había parado, salimos al patio de piedras.

Dije a los niños y niñas que se abrigaran, que salíamos al patio porque había parado de llover.
En el patio hay un arenal, una cocinita, un tronco para hacer equilibrios y un espacio de césped artificial en el que, normalmente, juegan con construcciones o hacen verticales y acrobacias. En este patio cuando llueve se forman charcos y por lo tanto puede haber un poco de barro.

Estábamos solos, todo el patio para nosotros solos, qué privilegio. Poco a poco, los niños y las niñas fueron tanteando el terreno, probaban de hacer algo y acto seguido me miraban para ver cuál era mi reacción. Yo los dejaba hacer y los acompañaba desde lejos. Sí, es precioso salir al patio cuando llueve, pero, si las familias no están acostumbradas y los abrigos vuelven todos manchados de barro, entonces hay que dar explicaciones.

El tiempo transcurrió sin conflictos y, aunque parezca mentira, nadie acabó chorreando y nadie tuvo que cambiarse cuando volvimos a clase. Claro que no habría pasado nada si alguien se hubiera caído accidentalmente dentro de un charco, son cosas que pueden ocurrir…: nos cambiamos de ropa y seguimos. Pero no, no sucedió nada de eso. Lo que sí que pasó fue que poco a poco, a cada nuevo descubrimiento, los niños y las niñas fueron construyendo nuevos aprendizajes e hicieron conexiones, de las que tanto hablan los currículos de educación, entre un aprendizaje y otro.

Un grupo de niños encontró un barco que había quedado enterrado entre los cubos y las palas y lo metieron en un charco para ver si el barco «se aguantaba».

–¿Flota? –les pregunté.
–De momento no, porque toca al fondo. Ahora lo estamos investigando.
No les dije nada más: cogieron las palas y rascando el fondo consiguieron hacer más profundo aquel charco.

El barco flotaba, lo habían conseguido. Sus caras de satisfacción lo decían todo. Otros niños y niñas jugaban a la cocinita, llenaban tazones, jarros y vasos con cucharas y palas. Servían el agua del jarro, removían el agua de la olla, colaban el agua con el colador y descubrían que las piedras quedaban en el colador. Algunos se remangaban y hacían bolas de barro o intentaban tapar los charcos con las piedras de alrededor.

Hice fotos y vídeos de todos esos momentos y, al subir a clase, los proyecté en la pizarra digital. Los protagonistas explicaban sus descubrimientos y los demás escuchaban atentos y expectantes como nunca. De esta forma, se expresan, se escuchan e, insistimos, aprenden. ¿Qué más podemos pedir?

Xènia Colom, tutora de primero
de primaria del Col·legi Escolàpies,
El Masnou.

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