Infancia y salud. Somos movimiento. La necesidad de moverse en la escuela

Vivimos un proceso continuo de desarrollo que va desde la motilidad a la movilidad corporal, desde la impresión biológica a la expresión fisiológica expresada a través de sus diferentes lenguajes, desde la introversión a la extroversión. Sondeando los caminos del ser individual, llegamos al ser social.

«Es desde la fecundación que somos movimiento y gracias al movimiento… somos»

Una niña se asombra, un niño descubre, dos niñas que cooperan, otros que piensan juntos para encontrar soluciones…, caras infantiles iluminadas por la emoción que les ofrece la posibilidad de influir en el espacio, la oportunidad de moverse, desplazarse, adoptar una posición distinta según la necesidad, alejarse, acercarse, permitirse expresiones, avanzar dentro de un proceso de transformación continua. La conquista de ayer se suma a la de hoy y forma la base de futuras conquistas con el placer de permitirse hacer, todo gira en torno a pequeñas señales, gestos, acción, relación, movimiento. El movimiento físico es indisociable del movimiento psíquico, emocional y afectivo. Ya desde las etapas infantiles, todo opera a la vez, es el principio de la globalidad que rige. Es tal su importancia, que podemos decir: ¡todo se mueve al mismo tiempo!

¿Es el movimiento un tabú en la escuela?
En la escuela infantil, conocemos las posibilidades pedagógicas del juego y el valor educativo de las acciones que ofrecen la posibilidad de moverse con libertad. Aún así, el binomio cuerpo-movimiento queda, frecuentemente, reducido a unas pocas canciones gestualizadas, al espacio del recreo o a la sesión de «psicomotricidad» durante cincuenta minutos semanales. ¿Le dedicamos el tiempo necesario a este binomio? ¿Acaso tenemos dificultades en planificar actividades u organizar una jornada que les permitan moverse con suficiente autonomía? ¿Estaremos, quizás, haciendo un uso deficiente de este recurso educativo?

Todo potencial pedagógico desaprovechado requiere ser optimizado para beneficio del desarrollo madurativo de las criaturas, así como para el bienestar de su acompañante. Optimizarlo pasa, entre otras cosas, por ser aceptado, apoyado por la figura adulta que educa, se implica, comprende, conoce y reconoce la necesidad infantil de moverse, también en la escuela.

«Yo confío en la forma originaria de ser de cada niño y niña.»
Bernard Aucouturier

Sin embargo, haciendo autocrítica constructiva del día a día, de escuela en escuela, hay que reconocer que en algunos casos el movimiento se presenta en el universo de la persona adulta como un tabú y, lejos de abordar su acompañamiento, de encontrar soluciones que favorezcan las acciones infantiles, nos anclamos en la comodidad personal que lleva a tener a los niños y las niñas en la inmovilización permanente. Es por ello que habitualmente escucho en las escuelas justificaciones como estas: «Son muchos niños y arman mucho jaleo, hace falta controlarlos», «en las sillas están mejor», «quietecitos dan menos guerra», «tienen que acostumbrarse a estar sentados», «me dicen en casa que están mejor en la silla, por eso lo pongo ahí»…

¿Recluimos, reprimimos, encorsetamos al cuerpo en las clases?
Nora es una niña de seis años que, desde sus primeros años de vida, permaneció en una hamaca para bebés durante largo tiempo, tanto en casa como en la escuela. No le ha sido posible vivenciar no solo ricas, sino también variadas experiencias motrices. Cuando camina, lo hace apoyando los pies como si fueran clavos, un clavo apuntalando los talones, sin apoyar la planta completa del pie, no utiliza los brazos ni las manos para realizar el movimiento y, por supuesto, su gesto está lejos de ser coordinado. Su espalda está rígida y ligeramente posicionada hacia atrás, tiene problemas articulares, lumbago…, carece de habilidades y de recursos motrices. Además de lo mencionado, actúa de forma indecisa, muestra inseguridad ante la acción autopropuesta, tiene una baja autoestima, un bajo concepto de sí misma…, se sitúa por temor donde más cómoda se encuentra, sentada leyendo o anulada detrás de una pantalla. Pasaría desapercibida si no fuera porque se enoja e irrita con facilidad y su tolerancia a la frustración es muy baja, por no decir casi nula, por lo que actúa como de impulso en impulso en acciones difícilmente autorreguladas.

Tanto tiempo de inmovilidad y la pobre calidad desarrollada en el ámbito de lo motriz exigen que otro profesional la ayude en la movilidad y trabaje para desarrollar su psicomotricidad, que no es otra cosa que ayudarla a reconstruir sus vivencias mal vividas, no vividas con placer o simplemente no vividas. Sabiendo que se ha perdido una etapa fundamental de la vida estando en una silla, tal vez no es que le falte la facultad de jugar y moverse, sino que le falta la posibilidad de hacerlo.

Tras este perfil observado, somos conscientes que las causas no se gestan en la escuela, que hacemos un gran esfuerzo por aportar calidad educativa. No obstante, me pregunto como maestro: ¿cómo hubiera sido si en la etapa correspondiente se le hubiera permitido moverse y enriquecer su desarrollo? ¿Podemos hacer algo más desde la clase para enriquecer las vivencias? Si hubiéramos favorecido el movimiento libre en las etapas tempranas, ¿estaríamos hablando de la misma niña?

El movimiento es relación
La falta de experiencias vividas dificulta la relación con quienes nos rodean, porque no podemos olvidar que el movimiento es relación, relación del propio cuerpo en un continuo ajuste consigo mismo, con los objetos, con las personas. El movimiento es el vehículo de la comunicación, y como tal nos ofrece la capacidad de expresar, de dibujarnos, de definir la forma genuina del ser.
«Cada niño y cada niña tiene una forma original de dirigirse hacia el mundo a través de su particular coreografía de gestos y movimientos corporales.»

Desde edades tempranas, los movimientos expresan sus necesidades y comunican por sí solos. Esto permite a la figura profesional que observa con atención anticipar sus demandas, ajustarse a cada necesidad incluso en ausencia del lenguaje verbal. La palabra puede expresar el deseo, el cuerpo en acción, la necesidad. Por lo tanto, escuchar el cuerpo supone permanecer en continuo diálogo con la expresión y la comunicación de su necesidad.

Favorecer el movimiento no solo es decir sí a su cuerpo, es también decir sí a su pensamiento, a su creatividad, a su estado emocional, a su identidad, a su capacidad para formarse una imagen de sí competente y que pasa necesariamente por ser aceptada por la persona que acompaña y educa.

Los niños y las niñas necesitan que el personal docente tenga en cuenta el movimiento en la escuela como una manera de decirles: «Te tengo en cuenta tal y como eres.» Es por ello que la infancia necesita que planifiquemos los tiempos, los espacios y realicemos propuestas para favorecer sus acciones autónomas, su movimiento, su desarrollo, porque, como dice Bernardo Atxaga: «El movimiento es el otro nombre de la vida.»

¡Llenemos las escuelas de vida!

Roberto Rodríguez, maestro especialista
en educación física y psicomotricista,
Centro de trabajo Psicomotricidad Serena,
Cangas de Onís, Asturias.
psicomotricidadserena@gmail.com
Facebook: Serena Psicomotricidad

Bibliografía
Pikler, Emmi. Moverse en libertad. Madrid: Nar­cea, 2012.
Aucouturier, Bernard. Los fantasmas de la acción y la práctica psicomotriz. Barcelona: Graó, 2009.
– Actuar, jugar, pensar. Barcelona: Graó, 2018.
Atxaga, Bernardo. Obabakoak. Donostia: Erein, 2018.

 

 

 

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