Escuela 0-3. Un «problema» o una oportunidad Cambiando el punto de vista

La jornada de educación infantil que se celebró en la Sala Torín de Olot el 19 de mayo pasado llevaba por título La acción del niño. ¿Cómo lo hace para aprender?. Los miembros de la Llar d’Infants El Melic tuvimos la oportunidad de exponer y explicar la manera que hemos encontrado y con la que nos sentimos cómodas para conocer la acción del niño, entenderlo y entenderla. La experiencia que compartimos aquel día la hemos vivido este curso en la Llar, y para nosotras ha sido una oportunidad para no ver solo un «problema», sino una ocasión que nos ha ayudado a realizar un cambio de mirada y a ver y a entender a los niños y las niñas que tenemos delante.

 En nuestro día a día, todas nosotras nos hemos encontrado, o nos encontramos, con niños que juegan diferente, que se mueven diferente, que se relacionan diferente… Los niños y las niñas que van arriba y abajo dan la sensación de que no concretan un juego, que no utilizan el material tal como se espera o que quizás se relacionan poco con los compañeros.

Nosotras sí que lo vivimos. A veces estas situaciones nos generan cierta angustia, preocupación o desconcierto, porque no entendemos su acción o inacción, su comportamiento o sus reacciones. A menudo, en las reuniones de equipo se manifiestan estas angustias, las compartimos y nos desahogamos, por qué no decirlo, de las tensiones que nos generan estas situaciones, estos «no saber qué hacer» para entender qué hace Jordi durante el día, o Maria, que no para…

Es entonces cuando nos damos cuenta de que para darnos una respuesta que nos satisfaga a nosotras y sentirnos más tranquilas emitimos juicios sobre ellos con frases como estas: «solo se sube a todas partes», «no hace ni deja hacer», «no juega como los otros», «no para quieto», «hoy no tiene el día», «se ha dado un hartón de golpear, hoy», «no sabe jugar», «se pasa el día detrás mío», «no me deja hacer nada».

Seguramente a muchos de vosotros ya os ha venido a la cabeza algún niño o niña que tenéis en vuestra escuela. Os hace pensar en Lluc, Nieves, Roc…, u os ha sonado familiar alguna de estas frases. En algún momento las hemos pronunciado y, sin quererlo, hemos prejuzgado la acción del niño por el simple hecho de actuar diferente de lo que esperamos. Estos prejuicios nos limitan y nos impiden entenderlos y verlos como realmente son.

Este curso hemos tenido el acompañamiento de una profesional que nos ha ayudado a abrir los ojos, a hacer el cambio de mirada. Compartiendo con ella la sensación de no saber qué hacer cuando un niño nos parece que «no juega», «solo pasea», «no se relaciona», «no hace nada», nos invitó a que lo observáramos atentamente. Que hiciéramos una observación lo más objetiva posible, es decir, sin juicios de lo que hace o no hace, solo observar y ver qué hacían estos niños que nos preocupaban. Y así lo hicimos. Nos organizamos y, durante unas cuantas mañanas, estuvimos grabando niños y niñas de la Llar.

Aquel día compartimos con todas las asistentes la grabación de un niño, Joan. A priori nos tenía a todo el equipo, y sobre todo a las educadoras que compartían con él la mayor parte del día, muy preocupadas, angustiadas y desconcertadas. Las educadoras en las reuniones nos compartían su preocupación porque «no jugaba a nada, rondaba, molestaba, tiraba el material, se paseaba sin más, sin concretar un juego»… Así que decidimos grabarlo.

Después de hacer la grabación, en la siguiente reunión la visualizamos por primera vez todo el equipo junto. Y… ¡uau! ¡Nos llevamos una sorpresa! Vimos a un niño, Joan, que se movía, sí, pero tenía un porqué. Joan sí que hacía cosas, ¡y no pocas! Cogía una cajita, la abría y la cerraba, la transportaba por la estancia, se generaba interrogantes («¿Suena?, ¿no suena?, ¿hay algo dentro?»)…

Nos habíamos quedado sin palabras y sin argumentos que justificaran que este niño «no hace nada». Si solo durante estos pocos minutos que duraba la grabación había hecho todo aquello, imaginaos la cantidad de cosas que hacía durante todo el día.

Esta observación objetiva, sin juicios, con la mente limpia de ideas preconcebidas por el adulto, nos permitió hacer un cambio de mirada hacia Joan, en este caso, y hacia todos los otros niños que nos generaban esta angustia. Porque vimos que, a Joan, moverse por la estancia le permitía hacer un juego de descubrimiento con la caja y el cordel que quizás de otra manera no habría hecho.

Nos hemos relajado y todo ha fluido tal como es: un niño de 18 meses que se mueve, se genera preguntas, busca nuevos aprendizajes y crece.

La siguiente experiencia que compartimos aquel día es de una niña, Sònia, de 21 meses. En este caso, también nos generaba una cierta angustia porque teníamos la sensación de que iba todo el día de un lado para otro de la estancia sin sentido, chocando por todas partes y cambiando de material constantemente.

Aquel día nos organizamos para que una de nosotras, en este caso Marta, hiciera fotos y Annia anotara todo lo que iba haciendo Sònia durante unos minutos. Sin juicios, una observación objetiva de lo que hacía. Os tenemos que decir que sí que se movía y sí que transportaba cosas, pero ahora hemos percibido un sentido que antes no dábamos a todo su movimiento y a todo su ir y venir por la estancia.


Anotamos todo esto:

  1. Coge un triángulo, lo lleva a la mesa y lo hace girar.
  2. Se sienta en la silla.
  3. Vuelve a hacer girar el triángulo.
  4. Lo coge y viene hacia mí.
  5. Lo deja en el suelo y me dice algo que no entiendo.
  6. Lo coge y va hacia el lavabo con el triángulo en la mano.
  7. Va hasta la papelera.
  8. Deja el triángulo en el suelo.
  9. Mira de subirse a la silla.
  10. Tira de la cadena de un váter.
  11. Baja y va hasta el otro váter para tirar de la cadena.
  12. Vuelve a subirse a la silla.
  13. Abre y cierra la pieza donde se pone el rollo de papel higiénico, la golpea.
  14. Sale del lavabo corriendo y va hacia donde están otros niños.
  15. Sube a una silla.
  16. Mira a los niños y niñas.
  17. Baja y coge un árbol.
  18. Lo deja en la mesa.
  19. Coge un plato y golpea la mesa.
  20. Coge el árbol y va a la cocinita.
  21. Coge una tapa y se la pone en la boca.
  22. La tira al suelo.
  23. Deja el árbol en la mesa.
  24. Va hasta el mueble, se gira y vuelve al espacio de la cocinita.
  25. Coge un bolso y se lo cuelga.
  26. Coge otro y se lo cuelga.
  27. Va hasta el tobogán, los deja en el suelo.
  28. Coge uno y se lo cuelga.
  29. Coge el otro y se lo cuelga.
  30. Vuelve a la cocinita.

Todo esto es lo que pudimos observar con Marta. Sus acciones estaban enlazadas, no eran movimientos sueltos, como pensábamos nosotras, sin sentido ni rela­ción unos con otros. Ahora podemos decir que sí que tiene sentido su juego en movimiento. En pocos minutos tuvo tiempo de hacer muchas cosas. Cosas igual de válidas que las que hacen los niños y las niñas que están concentrados en un determinado material durante un rato. Acciones que tienen importancia y a las que conviene dar el valor que se merecen.

Pero ¿cuál es el punto de partida para llegar a entender este «problema» como oportunidad? ¿Cuáles son las raíces de todo? Ante todo, para nosotras ha sido básico poner en común qué entendemos por niño y por adulto. Esta necesidad surgió a raíz de una formación que pudimos hacer un par de años antes con todo el equipo. Nos ayudó a tener una base firme para andar, poder consolidar el proyecto pedagógico y dar coherencia a todo lo que sucede en la Llar. Construir nuestra propia definición de niño y de adulto fue un punto clave que tenemos ganas de compartir con vosotros.

Entendemos el niño como una persona capaz y competente para pensar, expresar, sentir, decidir y actuar con libertad. Una persona con iniciativa, llena de curiosidad para descubrir el mundo que lo rodea, de relacionarse y de establecer vínculos con los otros.

Y el adulto que acompaña al niño en su proceso de crecimiento entendemos que debe ser un profesional responsable. Una persona cercana, que cuide y respete las necesidades y ritmos de cada uno de ellos. Capaz de escuchar y observar con una actitud abierta, flexible y empática las situaciones de la vida cotidiana. Capaz de potenciar las capacidades naturales de niños y niñas, y confiar en ellos como protagonistas de sus aprendizajes.

Esta mirada al niño y al adulto que lo acompaña nos ha permitido hacer un cambio y ver al niño como alguien único. Y como único hemos de conocerlo y saber cuáles son sus intereses y necesidades. Pero, como ya sabemos todas, muy a menudo no resulta fácil…

Por eso creemos que es importante el trabajo en equipo. A veces nos podemos sentir solas, desbordadas por una situación que no vivimos bien. Todas sabemos que el día a día de la escuela no es fácil, y poder compartirlo con el resto del equipo nos ayuda a no vivir este «problema» como mío sino como nuestro. Poder compartir las dudas, las inquietudes, las experiencias, las reflexiones…, permite avanzar e hilar cada vez más fino. A nosotras, por ejemplo, nos ha ido bien enfocar las reuniones de equipo como un momento para hablar sobre lo que nos preocupa de los niños y ponerlo sobre la mesa. Y es que creemos que todo lo que ocurre en la escuela y con los niños y las niñas que allí viven es responsabilidad de todas. Y por eso debemos intentar vivirlo conjuntamente. Y es justamente en este momento en el que creemos que esto que vivíamos como un «problema» se transforma en una oportunidad. Una oportunidad para aprender. Todo esto repercute sobre los niños de forma positiva.

 

Esta experiencia que hemos querido compartir con vosotras puede ser un ejemplo. Hemos intentado convertir una situación que nos generaba cierta incomodidad en una situación para crecer como equipo. A veces hay ciertos pensamientos o emociones que contaminan la idea que tenemos del niño y hacen que gran parte de sus acciones sean vividas desde la angustia: tirar cosas al suelo, subirse a todas partes, moverse por todo el espacio, hacer ruido… Nos podemos bloquear con estos pensamientos e ideas, y el ambiente de la estancia y de la escuela puede resultar afectado, así como la relación con los mismos niños y educadoras. Como equipo hemos podido vivir de primera mano los efectos de este cambio de mirada. La energía se transforma y la relación del adulto con el niño y del niño hacia el adulto cambia.

Y, relacionada con este cambio de mirada, queremos compartir con vosotros una reflexión final. Como profesionales de la educación, nos podemos mover en dos terrenos: la zona de confort o la de los retos. Andar por la primera nos puede dar una cierta seguridad. Ante un «problema», lo intentamos ver como un hecho externo a nosotros, inmutable: «no podemos hacer nada, es así». Esto sería equivalente a algunas de las expresiones que hemos comentado al principio: «no sabe jugar, no hace nada, no para quieto…». El hecho de poner palabras, sin ir más allá de lo que podemos ver a simple vista, nos da cierta tranquilidad. Pensamos que ya hemos descubierto la raíz del «problema»: el niño, su acción.

En cambio, si nuestra mirada hacia el niño se basa en intentar conocer qué nos quiere comunicar, cuáles son sus intereses, cómo se relaciona, cómo aprende, qué necesita… nos daremos cuenta, quizás, de que aquello que creíamos inmutable («Es así y no podemos hacer nada»), y que nos generaba cierta tranquilidad, se convierte en una pregunta: «¿y si el niño necesita moverse por la estancia, también, y no solo en el jardín?», «¿y si me está pidiendo que esté más presente?», «¿y si resulta que tiene cierta curiosidad por los materiales que hacen ruido?», «¿y si…?». Ahora no estamos tan tranquilas, ahora nos damos cuenta de que tenemos trabajo. Que estamos implicadas en lo que creíamos que era tan solo un «problema» suyo, un «problema» del niño. Ahora este «problema» se ha convertido en una oportunidad. Una oportunidad para observar, para conocer, para cuestionar el espacio y los materiales, para tomar conciencia de nuestra actitud, para entender o para poner en entredicho lo que creíamos saber. Y compartirlo con el equipo es empezar un nuevo reto. Y esto es lo que intentamos hacer… ¡a pesar de que todavía nos queda mucho trabajo!

Marta da Costa y Annia Vilaró, educadoras de la Llar d’Infants El Melic de Les Planes d’Hostoles.

 

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